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Sigmund Freud: La historia del hombre que vivía detrás del mito

Nadie puede poner en duda la figura de Sigmund Freud, como uno de los personajes históricos que más ha contribuido con sus descubrimientos al avance de la ciencia en general y de la psicología en particular. Pero no quiero aquí, ni me siento con autoridad, para hablar de su extensa obra. No quiero exponer lo que supuso en su día la publicación de un libro como “La interpretación de los sueños”, ni las descripciones de la estructura del aparato psíquico, ni la importancia del inconsciente o el descubrimiento de la sexualidad infantil que conmocionó la sociedad victoriana de su época. No, no quiero hablar de lo que casi todo el mundo conoce. Prefiero centrarme en el ser humano, en sus virtudes y sus carencias, en sus rutinas diarias y en sus anécdotas: en el hombre que vivía detrás del mito.

Sigmund Freud nació el día 6 de Mayo, (bajo el signo zodiacal de Tauro, para los amantes de la astrología), en el pequeño pueblo de Freiberg, en Moravia en el año 1856, en el seno de una familia judía. Fue el primer hijo de su madre, Amalia, de 21 años, que se casó con Jacob Freud, veinte años mayor que ella. Jacob era padre de dos hijos, fruto de un matrimonio anterior: Emmanuel y Philipp. El hermanastro mayor era de la misma edad de su madre y a su vez tenía un hijo. La situación familiar era cuando menos peculiar: Freud tenía un sobrino que era mayor que él. Después de Sigmund sus padres tuvieron un segundo hijo llamado Julius. Años más tarde, en una carta a un amigo, Freud reconocía los celos y los “malos sentimientos” que albergó hacia su nuevo hermanito desde el mismo momento en que nació. Julius murió a los nueve meses de edad, provocando en Freud un fuerte impacto emocional, fruto de los sentimientos de culpa y los remordimientos tras su muerte. Poco después nació Anna su primera hermana.

El negocio del padre, comerciante de lanas, fue a la bancarrota y decidieron trasladarse, primero a Leipzig y más tarde a Viena, cuando el pequeño Sigmund Freud tenía apenas 3 años. Viena era entonces la capital del imperio Austro-Húngaro y allí pasaría toda su vida hasta que en 1938, tras la invasión alemana, se trasladó a Londres. En Viena vivieron en un barrio pobre, habitado sobre todos por judíos emigrantes. Aunque la familia era judía, él vivió su infancia y juventud sin especial apego por la religión y aunque practicaba las costumbres judías se considera como “no creyente”. El negocio del padre nunca llegó a prosperar y la familia vivió pasando bastantes penurias económicas, que se vieron más acentuadas con el nacimiento de cuatro hermanas y un nuevo hermano. Su madre, Amalia, vivió completamente volcada en su familia y se encargó en gran medida de la educación de Sigmund, su hijo favorito.

A los 15 años y tras la lectura de la obra de Cervantes, empezó, junto a su íntimo amigo Eduard Silberstein, a aprender el castellano, para poder disfrutar de la obra del autor de “El Quijote” en su lengua original. Llegó a adoptar, en sus actividades lúdicas,  el pseudónimo de Cipion, sacado de la obra cervantina “El coloquio de los perros”. A los 16 años y tras un viaje a Freiberg, su pueblo natal, se enamoró de una joven, Gisela, pero por timidez nunca llegó a confesarle su amor.
A los 17 años terminó con muy buenas notas sus estudios secundarios. Cabe decir a este respecto, que los apuros económicos de la familia y los largos periodos en paro de su padre, aguzaron su sentido de la responsabilidad, esforzándose para aprovechar la oportunidad que le daba su familia para cursar estudios.

Con la duda de si estudiar Derecho o Medicina, al final se decidió por la segunda opción y en 1873  entró en la Facultad de Medicina, donde cursó sus estudios con un buen expediente académico, pero sin una especial brillantez. Tenía muy claro que no se iba a dedicar a ejercer la medicina, sino que más bien pensaba aplicarse a la investigación. Con este propósito alternó sus estudios de Medicina, con trabajos de investigación en el laboratorio del especialista en fisiología Ernst Brücke. Muchos de estos experimentos fueron sobre la anatomía del cerebro humano y el sistema nervioso, tratando de buscar respuesta a una de sus dudas juveniles: comprender el comportamiento de los seres humanos.

Freud y su hija Anna

A los 25 años se graduó como doctor en Medicina, con tres años de retraso y la firme decisión de dedicarse a la investigación, a pesar de que su situación económica no era buena y en más de una ocasión, tuvo que recibir ayuda de su amigo el médico Josef Breuer. Esta ayuda no fue solamente de tipo económico sino también moral, pues en esta época Freud se enamoró perdidamente de una chica vienesa. Un día, al llegar a casa, se encontró a su hermana Anna con una de sus mejores amigas, Martha Bernays, hija de una familia de intelectuales judíos. El flechazo fue instantáneo. Se enamoró de ella y deseaba casarse pero su situación económica no era la ideal para pensar en boda. La madre de Martha, para tratar de evitar el matrimonio con un médico en tan precaria situación económica, se llevó a su hija a pasar el verano a la casa de unos parientes lejanos. El joven Freud tuvo que recurrir a toda su astucia para poder comunicarse con su enamorada a través de un complicado sistema de mensajería por cartas. Cansado de recibir ayuda de su amigo Breuer, desilusionado por la escasa viabilidad de sus investigaciones en el laboratorio de Brücke y deseoso de formar una familia, decidió dedicarse, sin ninguna ilusión, a la práctica de la Medicina y en 1882 empezó a trabajar en el Hospital General de Viena.
En esta época se le encargó realizar un trabajo sobre la cocaína y Freud deseoso de progresar y adquirir un renombre que le permitiera abrirse paso como médico en la sociedad vienesa, cometió la imprudencia de experimentar en primera persona los efectos de la cocaína. Aunque mucho se ha hablado del tema, sobre todo por parte de sus detractores, Freud no llegó a convertirse en un toxicómano, pero sí es cierto que intentó, con la cocaína, curar a su amigo Von Fleischl, que era adicto a la morfina y el resultado que obtuvo fue el de una nueva adicción de su amigo que acabó falleciendo. Tras este episodio, su reputación como médico quedó dañada en los círculos médicos de Viena. Durante esta época  (1884) publicó “Sobre la coca” uno de sus más conocidos artículos sobre esta droga, donde describe el uso de la cocaína como anestésico local. Algunos prestigiosos especialistas de la época  se hicieron eco de estos experimentos y consiguieron importantes avances en la cirugía oftalmológica, aunque para desgracia de Freud, estos colegas, omitieron su nombre en las publicaciones científicas de la época.

En 1885 empezó a trabajar como docente en la facultad de Medicina de Viena, obtuvo una beca de estudios y viajó a Francia, donde estuvo durante cinco meses en el hospital de la Salpêtriere de París, con Charcot, célebre neurólogo francés. Allí pudo observar los fenómenos histéricos y la utilización de la hipnosis y la sugestión como tratamiento de los mismos.
En 1886 se casó finalmente con Martha Bernays y dieciocho meses más tarde nació su primera hija, Mathilda. La situación económica era delicada, pero el matrimonio y el nacimiento de su hija le dieron fuerzas para seguir adelante y abrir una consulta privada donde atendía desórdenes nerviosos, utilizando la hipnosis en pacientes histéricos,  obteniendo resultados sorprendentes. Freud tuvo una feliz vida matrimonial y tras el nacimiento de Mathilda, tuvo cinco hijos más: Sophie, Jean Martin, Ernst, Oliver y Anna. Esta última fue una famosa psicoanalista especializada en el tratamiento de niños. Por otro lado mantuvo una estrecha relación con su madre, y fue una costumbre familiar muy arraigada, que Amalia, su madre, hasta muy mayor reunía a toda la familia, hijos y nietos en una comida dominical.
La salud de Freud sufrió un altibajo y desde 1882, según su médico de cabecera, padeció taquicardias paroxísticas y un cuadro compatible con angina de pecho, motivo por el cual intentó en varias ocasiones, siempre sin éxito, dejar de fumar. Antes de estas dolencias cardiacas, sus únicas enfermedades conocidas fueron fuertes episodios de jaqueca.

En 1895 se publicó su libro “Estudios sobre la histeria” con la colaboración de su amigo Breuer, partidario de la hipnosis, que Freud había ido abandonando, para sustituir por el método de la libre asociación. Al final sus caminos se separaron con cierta brusquedad, y durante algún tiempo trabajó solo, despreciado por los médicos, debido sobre todo a las teorías de Freud sobre la sexualidad infantil. En 1899 publicó “La interpretación de los sueños” su obra principal asentando las bases de lo que sería la doctrina psicoanalítica. En 1902 es nombrado Profesor Extraordinario por su Majestad Imperial. En 1905 se publica la segunda de sus obras en importancia: “Tres contribuciones a la teoría sexual”. En 1908 se celebró en Salzburgo, con la participación de Jung, el Primer Congreso Psicoanalítico. En 1909 es reconocido como doctor “honoris causa” por la Universidad de Clark, en  Massachusetts, y el psicoanálisis empezó a extenderse en Estados Unidos con mucha más rapidez que en Europa. A partir de aquí su actividad es incesante, el movimiento psicoanalítico avanzó imparable, aparecieron las primeras escisiones entre sus discípulos, pero Freud no dejó de publicar en ningún momento.
En 1923 publicó otra de sus obras fundamentales “El yo y el ello”, pero a la vez resultó un año especialmente amargo: Se le diagnosticó un cáncer de paladar, quizás debido a su gran afición a los puros, y fue intervenido quirúrgicamente. Esta fue la primera de las 33 operaciones que siguieron. Ya no volvió a recuperar la salud hasta su muerte en Londres en 1939, aunque a pesar de la enfermedad y el dolor, su mente estuvo lúcida y su actividad intelectual no decayó en ningún momento. A pesar de todo nunca dejó de fumar. Los padecimientos de Freud en esta época fueron tremendos, con alimentación por sonda, extirpación del paladar blando, una prótesis para separar la boca de la cavidad nasal y un sinfín de penalidades  que no pudieron evitar el desenlace final.
A los 95 años falleció su madre, Amalia, lo cual supuso un duro golpe para Freud, aunque en cierto modo una liberación, porque temía morir antes que su madre, debido al cáncer que padecía, y no quería que ella tuviera que pasar por el terrible dolor de enterrar a un hijo.
En 1930, el pueblo alemán le concedió el galardón literario más importante: El premio Goethe. Pero este reconocimiento a su obra se vio ensombrecido en 1933 con la llegada de Hitler al poder y la quema de sus libros en Berlín. Ante aquel acto de barbarie, Freud comentó: “Es indudable el progreso de la raza humana. En la Edad Media me hubieran quemado a mí, ahora sólo queman mis libros”.

En 1938, tras la invasión de Austria por los alemanes, debido a su origen judío, es fuertemente perseguido. Su hijo Martin y su hija Anna fueron detenidos e interrogados por la Gestapo. Gracias a la intervención de Marie Bonaparte y su amigo Ernest Jones, Freud y su familia, consiguieron huir de los nazis, y abandonar Viena. Tras una breve parada en París, llegaron a Inglaterra. Cuatro de sus hermanas murieron años más tarde en los campos de  exterminio. En Inglaterra tuvo que volver a ser operado y a partir de entonces se fue agotando paulatinamente. En sus últimos días y con las pocas fuerzas que le quedaban publicó su última obra: “Moisés y la religión monoteísta”.  El 23 de septiembre de 1939, unas horas antes de su muerte, obligó a su médico de cabecera a cumplir la promesa que le había hecho, de darle una muerte digna con sedación, y tras tres inyecciones de morfina falleció. Fue incinerado en un crematorio laico de Londres, donde sus cenizas reposan junto a las de su esposa Martha.

Autor: Gerardo Castaño Recuero – “Nuestro Psicólogo en Madrid”

 

Bibliografía:

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Gerardo Castaño Recuero trabaja como psicólogo y psicoterapeuta en "Nuestro Psicólogo en Madrid". Ha estudiado Psicología en la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid y también ha cursado dos Máster, uno sobre Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica y otro sobre TFE: Terapia Focalizada en las Emociones.