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Bergasse 19, Viena.-

El día 1 de octubre de 1907 el joven Ernst Lanzer atravesó el portal de un elegante edificio de cinco plantas del número 19 de la calle Bergasse, en el distrito de Alsergrund en Viena. Preguntó al portero del edificio sobre el objeto de su visita y éste le indicó que el doctor Sigmund Freud vivía en la entreplanta del edificio, pero su consulta estaba ubicada en la planta baja.

Unos minutos más tarde, mientras aguardaba su turno, sentado en la sala de espera del consultorio psicológico, Ernst Lanzer pensó en los hechos acaecidos en los últimos meses y que habían concluido con aquella visita médica. Poco podía imaginar el joven vienés, que un año más tarde pasaría a formar parte de la historia del psicoanálisis y sería conocido por la posteridad como “El hombre de las ratas”.

Consulta de Sigmund Freud en Viena

Ernst Lanzer.-

Ernst Lanzer era un joven de 29 años, que acudía por primera vez a la consulta del doctor Sigmund Freud, tras haber leído en un libro algunas notas sobre “la asociación de palabras” como método de trabajo del médico vienés. El motivo que lo llevaba a la consulta de Freud eran los padecimientos constantes que padecía desde hacía cuatro años. Tras unos minutos de espera, la puerta de la consulta se abrió ante él y tuvo la oportunidad de hablar por primera vez con el hoy célebre padre del psicoanálisis. Ernst contó a Freud, que desde niño se veía asaltado por ideas obsesivas que le hacían sufrir, tenía el temor constante de cortarse el cuello con una navaja de afeitar, pero sobre todo, confesó que el motivo principal de la consulta era el temor a que les ocurriera algo malo a su padre y a una dama vienesa de la que está enamorado.

Esa tarde, Freud pudo constatar que Ernst era un inteligente joven universitario, que había perdido algunos años en sus estudios, a causa de sus problemas psicológicos. Expuso al joven su método de trabajo, “la libre asociación”, le dio cita para el día siguiente y le animó para que en la consulta contara todo aquello que se le pasara por la cabeza, aunque le pareciera ridículo, de poca importancia o lo considerara repugnante, vergonzoso o insignificante. Empezó así un tratamiento que duraría aproximadamente nueve meses y que concluiría con la curación de los síntomas del paciente.

Ernst Lanzer

Salzburgo, 1908.-

El 27 de Abril de 1908 en la ciudad de Salzburgo, el doctor Sigmund Freud tomó la palabra, ante el auditorio formado por cuarenta y dos psicólogos de orientación psicoanalista, procedentes de seis países de todo el mundo. El profesor Carl Gustav Jung bautizó la reunión como el “Primer Congreso de Psicología Freudiana”. Aquel día Freud expuso a sus colegas, durante más de cuatro horas, el caso de un paciente suyo, aquejado de una neurosis obsesiva, al que había tratado en los últimos meses y que sería la base del artículo “A propósito de un caso de neurosis obsesiva” que Freud publicó en 1909. Ante la atenta mirada de sus colegas, Freud expuso el caso de un paciente, al que llamó “P” y que no era otro que el joven vienés Ernst Lanzer.

Relató Freud, como en la primera sesión, “P” animado a decir lo primero que se le ocurriera, contó como cada vez que estaba atormentado, solía ir a ver a un buen amigo, al que preguntaba con insistencia si lo despreciaba y si pensaba que él era una mala persona. Su amigo invariablemente lo negaba y le decía todo lo contrario. En esta primera confesión Freud estableció una transferencia entre el amigo bueno y el psicoanalista: El paciente acudía a Freud esperando una absolución de todo lo que le hacía sentirse culpable.

Tras este primer vínculo terapéutico, el paciente contó como de pequeño una bella joven le dejó pasar bajo su falda y tocar su vientre y sus genitales. Esto le produjo mucho placer y desde entonces deseaba ver mujeres desnudas, pero al pensar en ello inevitablemente se sentía atemorizado, pensando que estaba haciendo algo malo y como consecuencia de ello le iba a ocurrir alguna desgracia a su padre. Estos pensamientos se mantenían en el sujeto en la actualidad, a pesar de que el padre había fallecido hacía ya varios años. El paciente contó otras vivencias de naturaleza sexual de su época infantil y el sentimiento de que sus padres estaban al tanto de todo lo que pensaba, pues creía firmemente que sus padres podían escuchar sus pensamientos. Es a partir de este momento cuando “P” consideraba que se había iniciado su proceso patológico.

En sus escritos posteriores Freud analizaría con maestría como en esta visita aparece claramente delimitado el proceso patológico neurótico:

“Hay un deseo sexual (ver a una mujer desnuda), una consecuencia penosa (su padre puede morir) y una serie de acciones encaminadas a evitar la desgracia (no debe pensar en mujeres desnudas.)”

Primer Congreso de Psicología Freudiana en Salzburgo

El tormento de las ratas.-

En otro momento posterior “P” revivió un doloroso recuerdo que dio nombre al pseudónimo por el que años más tarde sería conocido: “El hombre de las ratas”. Estando en el ejército oyó contar a un oficial, que tenía una acreditada fama de sádico, un método de tortura utilizado en China, que consistía en acercar un cubo lleno de ratas al trasero de los prisioneros e ir introduciendo las ratas por el recto. Nada más escuchar la narración de este cruel tormento, “P” tuvo la certeza de que esa tortura iba ser aplicada a su padre y a su amada.

Al día siguiente, el mismo capitán que narró la tortura de las ratas le dijo que debía pagar a un compañero un dinero que éste había abonado por el pago de unas gafas que “P” había perdido. A partir de este momento se creó en él un pensamiento obsesivo: Si devolvía el dinero al compañero, el tormento de las ratas se aplicaría en la realidad a sus seres queridos. Esto le creó una gran ansiedad y enormes dudas, debatiéndose entre pagar la deuda al compañero o no hacerlo para evitar el tormento a su padre. Tras interminables maniobras, siempre fallidas, para saldar la ridícula deuda de 3,80 coronas, acabó confesando que en realidad quién pagó el dinero no fue su compañero, sino una bella joven empleada en la oficina de correos, y era a ella a quién debería entregar el dinero.

Freud animó a “P” a bucear en su memoria y buscar recuerdos sobre una posible hostilidad con su padre, y “P” recordó un suceso, cuando a la edad de doce años, estaba enamorado de una jovencita, pero no era correspondido. Eso le hizo pensar, que si su padre moría, quizás la joven se fijase más en él. Pensar que había deseado la muerte de su padre, para conseguir un fin erótico, le hizo sentirse muy culpable. Sigmund Freud le explicó que un intenso afecto consciente hacia una persona, suele ir paralelo a una hostilidad reprimida inconscientemente hacia esa misma persona. Surgió, así mismo, un recuerdo que le atormentaba sobre la muerte de su padre, gravemente enfermo de enfisema. Él se encargaba de su cuidado, pero un día en que se quedó dormido, agotado por el trabajo de atender al padre, éste murió y esto le hizo sentirse muy culpable de su muerte. Inicialmente no pudo aceptar que su padre había muerto y esperaba encontrárselo en cualquier lugar, pero a raíz de la muerte de una tía y visitar el cementerio tomó conciencia real de la muerte de su padre y se sintió horriblemente culpable, “como un criminal” responsable de su defunción. Este sentimiento le hizo recordar una novela en la que la protagonista, que cuida de su hermana enferma, desea la muerte de la misma para casarse con su cuñado. Cuando la hermana fallece realmente, ella se suicida incapaz de aceptar que ha deseado la muerte de su hermana. Aparecieron recuerdos que hablaban de una cara menos amable de su padre, que en ocasiones era cruel y violento castigando a sus hijos. Recordó una escena en que su padre le castigó con dureza al sorprenderle masturbándose. Otros recuerdos de su temprana infancia, fueron un posible disparo, real o imaginario, a su hermano del que sentía celos. La conclusión para “P” era que su padre había significado para él un serio obstáculo en su vida sexual, y le amenazaba con castigos ante cualquier manifestación de índole erótica. Esta imagen del padre cruel creó en él un profundo rencor que reprimió y se manifestó como el temor obsesivo a que el padre muriera cada vez que tenía deseos sexuales.

El tormento de las ratas

Ratas, herencia y esterilidad.-

Freud animó a “P” a buscar en sus recuerdos posibles sentimientos hostiles hacia su novia (la otra víctima del cruel tormento de las ratas).

“P” no tardó mucho en recordar como en una ocasión su amada le dejó unos días por tener que atender a una tía enferma y él se enojó y deseó la muerte de la anciana y a continuación pensó que debería suicidarse por tener esas ideas tan depravadas. En otra ocasión, se sentía celoso con un primo que coqueteaba con su novia. Los celos le llevaron a desear la muerte del primo y esto le hizo sentirse culpable y obligado a flagelarse con duros ejercicios físicos que en ocasiones se acompañaron de ideaciones suicidas.

“P” siguió adentrándose en sus recuerdos y analizando otras situaciones de amor y odio que siempre concluían castigándose con esfuerzos físicos terribles o con rezos interminables para expiar la culpa. A lo largo de las sucesivas sesiones Freud fue consiguiendo que toda la hostilidad reprimida por “P” hacia su padre y su novia se hiciera consciente. “P” acabó entendiendo que el tormento de las ratas estába asociado a la herencia que recibiría a la muerte de su padre: en alemán “raten” es ratas y “ratten” es dinero. Si su padre moría no habría ningún obstáculo para recibir la herencia paterna y podría vivir cómodamente con su amada. Por otra parte las ratas estaban relacionadas con la infertilidad de su novia. Las ratas eran roedores que destrozaban las vísceras de los torturados. Su novia no podía tener hijos por haber perdido los ovarios en una operación quirúrgica. Esta infertilidad le creó una agresividad inconsciente hacia su novia y este odio reprimido apareció en la fantasía de devolver el dinero por las gafas a la joven empleada de correos, a la que consideraba fértil y atractiva y este hecho le hizo sentirse muy culpable. El mecanismo sería el siguiente: Pagar la deuda a la muchacha suponía aceptar que la deseaba sexualmente por ser hermosa y fértil, al contrario que su novia que nunca podría darle hijos. A continuación aparecía el sentimiento de culpa por la hostilidad inconsciente hacia su novia y el temor obsesivo a que ésta sufriera el tormento de las ratas.

Neurosis Obsesiva

La neurosis obsesiva.-

En la medida en que “P” fue capaz de hacer aflorar recuerdos cada vez más dolorosos y aceptar en él la existencia de deseos agresivos hacia sus seres queridos, su sintomatología obsesiva se fue diluyendo poco a poco y tras nueve meses de terapia “P” abandonó la consulta de Freud, ahora situada en el primer piso de la calle Bergasse nº 19. Su caso clínico fue magistralmente expuesto por Freud en el Primer Congreso Psicoanalítico de Salzburgo, estableciendo las bases teóricas de la neurosis obsesiva.

En esencia, el desarrollo de la enfermedad de “P” tuvo la siguiente cronología. “P” conocía, por haberlo oído en charlas familiares, que su madre provenía de una familia muy rica y su padre se casó con ella tras dejar a una novia pobre a la que amaba, pero haciéndose rico con el matrimonio. A “P” en su familia le habían preparado un matrimonio de conveniencia con una joven de buena familia a la que no amaba. Esto le colocaba en la tesitura de seguir los pasos de su padre y dejar a su amada o rebelarse contra la autoridad paterna. “P” trató de resolver estos sentimientos enfrentados y sólo encontró una forma de hacerlo: ponerse enfermo. Su enfermedad le evitó tener que optar por una u otra opción y a la vez en los síntomas de la neurosis volcó toda la hostilidad reprimida hacia los dos componentes de su dilema vital: su padre y su novia.

Las conclusiones que Freud extrae del estudio del hombre de las ratas se resumen en:

  • La parálisis de la voluntad que afecta al sujeto es la expresión de un conflicto interno con opciones contrapuestas.
  • El enfermo de neurosis desecha las supersticiones vulgares, pero sucumbe ante sus propias ideas obsesivas (a pesar de reconocer que son absurdas) y vive atemorizado y prisionero de ellas.
  • Las ideas obsesivas son el resultado de una transacción entre el odio inconsciente reprimido y el amor consciente por la misma persona.
  • En la neurosis obsesiva la represión actúa, no mediante el olvido de situaciones traumáticas, sino mediante el desplazamiento de los afectos ligados a ellas. El enfermo obsesivo recuerda las situaciones traumáticas, pero las recuerda sin ninguna carga afectiva. Esta carga afectiva es desplazada hacia hechos triviales dando lugar a los síntomas obsesivos.
  • La constante lucha entre el amor y el odio suele conllevar una ambivalencia en su personalidad. Así unas veces, estos pacientes son amables y cariñosas y en otros momentos son crueles y sádicos.
  • Esa lucha entre el amor y el odio viene acompañada de eternos rituales con los que trata de expiar los sentimientos de culpabilidad.

 

 

 

 

Bibliografía:

Ernst Lanzer – Wikipedia

A propósito de un caso de neurosis obsesiva – Sigmund Freud

El hombre de las ratas – Textos de psicología

El caso del hombre de las ratas – Eugenio Sánchez Bravo

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Item Revisado
El hombre de las ratas
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Gerardo Castaño Recuero trabaja como psicólogo y psicoterapeuta en "Nuestro Psicólogo en Madrid". Ha estudiado Psicología en la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid y también ha cursado dos Máster, uno sobre Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica y otro sobre TFE: Terapia Focalizada en las Emociones.

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