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Concepto de mitomanía.

El término mitomanía tiene diversas acepciones. Unas son de uso común y otras más propias de la psicología y la psiquiatría.

El diccionario de la lengua de la Real Academia Española (RAE) define la mitomanía como la

“tendencia morbosa a desfigurar, engrandeciéndola, la realidad de lo que se dice”.

En una segunda acepción, más basada en el origen etimológico de la palabra (“mythos” + “manía”) considera que es la

“tendencia a mitificar o a admirar exageradamente a personas o cosas”. (RAE).

Aparte de estos significados que nos ofrece el diccionario, para la psiquiatría la mitomanía es un trastorno psicológico que se tiende a encuadrar dentro de las patologías de la personalidad antisocial, aunque hoy en día no está bien delimitada como una patología propia y no tiene unos rasgos claramente definidos. Por este motivo, se tiende a considerar a la mitomanía como un síntoma que aparece asociado con frecuencia a determinados trastornos de la personalidad (narcisista, borderline, histriónico) o a patologías específicas como el Síndrome de Münchausen.

Sinónimos de mitomanía.

A lo largo de este artículo nos vamos a referir a la mitomanía, entendida como un trastorno psíquico. Podemos definir la mitomanía un trastorno psicopatológico que afecta a personas que mienten de forma constante continuada durante mucho tiempo. En ocasiones, nos referimos a la mitomanía como pseudología fantástica. Así mismo, a los mitómanos los denominamos como mentirosos compulsivos o mentirosos patológicos.

Esta patología es relativamente reciente, pues no aparece descrita en la literatura médica hasta finales del siglo XIX. En el año 1891, Anton Delbrück, un psiquiatra suizo utilizó el término pseudología fantástica para referirse al curioso comportamiento observado en algunos de sus pacientes que sentían la necesidad compulsiva de mentir, aunque fuera en cosas triviales. Es esta necesidad de mentir lo que diferencia a un mitómano o mentiroso compulsivo de un mentiroso ocasional.

Nueve años más tarde, el investigador francés Ernest Dupré, publica “Etude Psychologíque et medíco-Iegale du mensonge et de la fabulatíon morbíde” donde acuña el concepto de mitomanía. Este autor consideraba que existían tres formas clínicas de mitomanía, a las que llamaba “vanidosa, perversa y maligna”. Considera que estos cuadros acaban degenerando en un cuadro psicótico.

Aunque el concepto de Dupré, no es el mismo que el apuntado por Anton Debrück, lo cierto es que la psiquiatría desde el siglo XX  ha venido usando ambos términos como sinónimos.

Ernest Dupré definió la mitomanía

(1) – Ernest Dupré, psiquiatra francés que definió el concepto de mitomanía.

El mentiroso ocasional.

La mentira es un instrumento siempre presente en las relaciones humanas desde tiempos inmemoriales. Es un hecho constatable que el hombre ha mentido desde los tiempos de la prehistoria. Por si aún quedaba alguna duda, en el año 2012 se publicaron los resultados de un curioso experimento. Investigadores de la Universidad americana de Massachusetts, dirigidos por el profesor de Psicología Robert S. Feldman sacaron a la luz que, en una conversación de entre nueve y doce minutos, seis de cada diez individuos incurren al menos una vez en la mentira.

A esta forma de faltar a la verdad le damos el nombre de mentira esporádica u ocasional. La persona recurre a ella con el fin de conseguir notoriedad, lograr un beneficio o evitar un castigo. Así, por ejemplo, vemos al chico de dieciséis años que le dice a su madre que no bebió alcohol en la fiesta o el alumno que le dice a su profesor que no pudo asistir al examen por encontrarse enfermo. El jovencito con sus embustes busca librarse de un castigo, mientras que el alumno intenta que le repitan el examen para evitar el suspenso.

Frente a esta forma de mentira ocasional encontramos otra forma patológica que se conoce con el nombre de mitomanía.

Mitomanía. El mentiroso patológico.

El mentiroso compulsivo, mitómano o mentiroso patológico no miente de forma ocasional, lo hace de manera continuada durante un periodo de tiempo bastante largo. Una diferencia entre quienes mienten esporádicamente y aquellos que padecen de mitomanía se ve reflejada en la frecuencia de las mentiras, la cual es mucho mayor en este último caso. Veremos que otra marcada diferencia entre el mentiroso patológico y el ocasional es la ausencia de un propósito al mentir por parte del mitómano.

Mentiras constantes.

Para el mitómano incurrir en la mentira es como respirar. La mentira se ha convertido en un hábito. Recurriendo a un viejo refrán castellano podríamos decir que el mitómano “miente más que habla”. Este afán compulsivo por mentir llega al extremo de enlazar las mentiras una tras otra. Cuando se da cuenta que su interlocutor se ha percatado de que le ha mentido, no reconoce la falsedad, sino que sigue con la misma mentira, pero ahora, la adorna y exagera con nuevas mentiras para convertir a la primera en más creíble. Sin embargo, esto solo complica su historia y cada vez resulta menos veraz.

Mentir por mentir.

El mentiroso patológico puede, en ocasiones, faltar a la verdad para conseguir un objetivo, pero en general, miente de manera compulsiva, sin buscar obtener un beneficio a cambio. Es decir, el mitómano al mentir, lo hace por una necesidad interna, frecuentemente de tipo compulsivo, pero no busca con ello obtener un beneficio.

Otra gran diferencia entre un mitómano y una persona que miente cuando siente que se enfrenta a un dilema, es que, en el organismo del mentiroso ocasional se generan cambios específicos a nivel fisiológico que no pasan desapercibidos para un experto y mucho menos para un detector de mentiras.

"Cuando mentimos" de Robert S. Feldman, experto psicólogo.

(2) – “Cuando mentimos” de Robert S. Feldman, experto psicólogo en mentiras.

 

Sin embargo, para el mitómano mentir es algo tan común, que ya forma parte de su existencia. Por lo tanto, actúa de manera totalmente normal cuando miente. Esto hace imposible que las personas se den cuenta de que está faltando a la verdad, si se basan solamente en sus gestos o en sus reacciones fisiológicas. En el mentiroso patológico lo excepcional es que diga la verdad.

El mitómano, no solo miente en temas de capital importancia. También lo hace en asuntos triviales y en los pequeños detalles. Es capaz de decir que cuando salió de trabajar, hacía muchísimo frío, aunque la realidad era que el calor se había vuelto sofocante. Se trata de una mentira que no le reporta ningún beneficio, ya que es simplemente una anécdota que no persigue fin alguno, pero no puede dejar de hacerlo.

Otros rasgos diagnósticos de la mitomanía ya fueron apuntados por Dupré hace más de un siglo:

  • “La historia puede ser probable, y tener cierta relación con la realidad.
  • Las aventuras imaginarias pueden manifestarse en múltiples circunstancias y de una forma duradera.
  • Los temas de estas “aventuras” son variados pero el héroe o la víctima es casi siempre el sujeto” . (Dupré, 1900).

Causas de la mitomanía

La mitomanía puede manifestarse tanto en la niñez, en la pubertad, en los años de la adolescencia o en la edad adulta. Sin embargo, su origen siempre radica en la niñez.

Se puede comenzar a hablar de mentiras a partir de los tres años de edad. Antes de esa edad, los niños confunden la realidad con la fantasía, por lo que decir que salieron a dar un paseo volando con su peluche favorito, no es una mentira, sino parte del mundo imaginario en el que están inmersos. Es a lo largo de la infancia cuando comienzan a distinguir entre realidad y ficción. Por lo tanto, es en este período cuando se puede considerar mentira lo que dicen, ya que lo hacen de forma consciente.

Veamos las posibles motivaciones de la mitomanía en la infancia, pues si las conocemos, no solo podremos comprender el universo de la persona que padece esta patología, sino que tendremos la posibilidad de prevenirla en los futuros miembros de nuestra familia.

Evitar castigos.

El temor a ser castigado es, sin duda, una de las causas más fuertes de la mitomanía. Todo comienza con un “yo no fui”, hasta que termina convirtiéndose en una historia fantástica en la que el responsable fue su hermano o, en estadios más avanzados, puede ser un murciélago gigante el que entró por la ventana y derribó la planta del salón.

Esta conducta responde ante el temor de recibir castigos físicos o restricciones en sus actividades favoritas. Es muy importante atajar esta mentira y hacerle ver al niño que nos estamos dando cuenta de que no es verdad lo que dice. Pero de nada servirá todo este aleccionamiento si al final acabamos con un castigo.

Para que un niño, con tendencia a mentir, crezca mentalmente sano, el camino no son los castigos. Si recurrimos a ellos, cada día tendremos una nueva razón para castigarles. Primero lo haremos por la travesura y a continuación por las mentiras que inventa para escapar del castigo.

Inculcar valores positivos.

Como vemos, se transforma en un círculo vicioso en el que todos pierden. La solución, o al menos los primeros pasos para lograrla, radica en sentarnos a hablar con él. Debemos fomentar los valores de la honestidad, la sinceridad y la valentía. Hay que intentar que se haga responsable de sus actos y trate de buscar una solución.

Evitar el castigo es una motivación de la mitomanía

(3) – Evitar el castigo es una de las posibles motivaciones de la mitomanía

 

Por ejemplo, si ha desobedecido la regla número uno de no jugar a la pelota dentro de la casa y eso ha derivado en la rotura de una planta, en primer lugar, debemos conseguir que reconozca lo que ha hecho y que haga lo necesario para solucionarlo. Una buena medida podría ser que el niño volviera a plantar dicha planta y la cuide día a día para asegurarse de su recuperación. La idea es que no vea esto como un castigo, sino como una forma de subsanar el daño que ha causado. De esta forma, vivirá las consecuencias en carne propia, pero no de una forma negativa, sino desde la perspectiva del aprendizaje.

Eludir responsabilidades.

Aceptar las responsabilidades no suele ser una de las principales virtudes de los niños. Si esto ocurre con cierta frecuencia en los adultos, mucho más factible es que en la infancia se busque eludir la responsabilidad por los actos realizados.

Es totalmente comprensible que un niño recurra a la mentira para esquivar la responsabilidad de hacer su cama, lavar su taza y guardar sus juguetes, pero no es aceptable. Hay una diferencia importante entre comprender que se trata de un proceso normal y permitir que suceda. Como padres tenemos la responsabilidad de insistir y educar para formar buenos hábitos en nuestros hijos.

Si el niño recurre al “dolor de cabeza” para evitar tener que recoger sus juguetes y con picardía nos observa mientras nosotros hacemos el trabajo por él, este dolor se hará cada vez más frecuente. No solo eso, sino que cada vez serán más las diversas partes del cuerpo que estarán doloridas. Sin embargo, si cuando se genera este “dolor de cabeza”, nosotros respondemos del siguiente modo: “está bien, espera a que se te pase y cuando estés bien, recoges y guardas todos tus juguetes”, entonces no tendrá escapatoria. Sabrá que tarde o temprano lo tendrá que hacer. Esta estrategia es muy efectiva para ir cortando de raíz las razones que impulsan a nuestros hijos a mentir.

Tengamos en cuenta que la mitomanía no responde a una razón específica, pero sí se gesta a partir de mentiras esporádicas iniciales, que tenían un propósito fijo y que no fueron detenidas a tiempo.

El cerebro del mentiroso compulsivo.

Las acciones humanas tienen su origen en el cerebro. Cuando realizamos algo, mucho más especialmente cuando hacemos algo de forma compulsiva, es porque a nivel cerebral se desencadena un proceso neurológico que nos genera satisfacción. Veamos qué ocurre a nivel fisiológico en el cerebro del mitómano, cuando miente.

Descarga de adrenalina.

La mentira, pequeña o grande, implica un riesgo. El simple hecho de ser descubiertos y quedar en evidencia es un riesgo en sí mismo. Por lo tanto, se produce una descarga de adrenalina. Este neurotransmisor aporta importantes beneficios en dosis moderadas. Es el responsable de mantener el sistema de alerta del ser humano ante peligros inesperados. Además de tener un efecto positivo a nivel de diversos órganos, la adrenalina activa los recuerdos a largo plazo. Por lo tanto, a nivel psicológico buscamos su descarga para lograr consolidar las vivencias experimentadas.

La mitomanía es la máscara de la realidad

(4) – La mitomanía es la máscara que oculta una vida muy pobre

Inhibición de la amígdala.

La amígdala es un núcleo de neuronas situado en el cerebro. De acuerdo a estudios experimentales realizados sobre la reacción de la amígdala cerebral cuando mentimos, se ha constatado que las primeras veces que incurrimos en la mentira para obtener un beneficio, la amígdala se activa considerablemente. Esto nos lleva a sentirnos culpables y a desarrollar toda clase de sentimientos negativos que limitan el alcance de la mentira. Es decir, nos frenamos, culpabilizamos y podemos llegar incluso a delatarnos. Sin embargo, estas reacciones del núcleo amigdalino van decayendo progresivamente. Ante cada nueva mentira disminuye la reacción de la amígdala, hasta que, finalmente, ya no hay reacción.

Lo que se ha descubierto al respecto, es que un mitómano tiene una amígdala muy poco reactiva. El mitómano tiene prácticamente inhibidas las respuestas generadas en la amígdala por las mentiras. Lo que aún no se sabe es, si ya nacen de este modo o si son las propias mentiras las que van reduciendo la capacidad de la amígdala para reaccionar. Es decir, no sabemos si la falta de reacción amigdalar es la causa o la consecuencia de la mitomanía.

Mayor sustancia blanca cerebral.

En el cerebro tenemos la sustancia gris, formada por los núcleos de las neuronas, y la sustancia blanca que incluye todas las conexiones y ramificaciones de las neuronas. La corteza gris genera estímulos y procesa la información, mientras que la corteza blanca del cerebro se encarga de la transmisión de datos. Es decir, a mayor cantidad de sustancia blanca, mejor elaborada estará la información en nuestra mente.

Una curiosidad que ha llamado mucho la atención de los científicos de la Universidad de California, es que en los estudios de resonancia magnética nuclear (RMN) se ha visto que los mitómanos tienen un veintiséis por ciento más de sustancia blanca a nivel cerebral. Esto explica el por qué el mentiroso compulsivo elabora sus historias con un entramado de exquisitos detalles.

Al contrario de lo que ocurre con el mentiroso esporádico, que deja cabos sueltos, el mitómano demuestra haber pensado muy bien acerca de lo que va a decir. Esto hace que sea muy difícil detectar que nos está mintiendo, ya que parece haber vivido la historia en persona y demuestra recordarla muy bien. Ahora se sabe que es la mayor presencia de sustancia blanca la que permite la inclusión de tantos pormenores que enriquecen la historia.

Al mismo tiempo, se ha podido constatar, como publicó la prestigiosa revista “The British Journal of Psiquiatry” que los mentirosos patológicos tienen casi un 15% menos de materia gris en el lóbulo prefrontal. Teniendo en cuenta que, entre otros aspectos, la materia gris de esta zona es la responsable del sentido de la ética y de la moral, no puede extrañarnos que los mentirosos compulsivos, no sientan ningún remordimiento cuando mienten y acepten el embuste con total naturalidad.

RMN del cerebro de un mentiroso patológico

(5) – El cerebro de un mentiroso patológico tiene más sustancia blanca.

La mentira como realidad alternativa.

Cuando mentimos nos estamos creando una realidad alternativa. Gracias a ella eludimos la responsabilidad de padecer una patología y de tener que someternos a un tratamiento para erradicarla.

La mentira nos permite mantenernos en nuestra zona de confort y perpetuar una realidad que sabemos debemos cambiar, pero que hacerlo implicaría hacer modificaciones que implicarían un alto coste.

Conseguir que un mitómano acepte la terapia, solamente es posible cuando el afectado ha tenido serios problemas familiares o laborales ocasionados por sus constantes mentiras y es obligado por sus amigos o familiares a aceptar la terapia. Si no es obligado, rara vez veremos a un mentiroso patológico solicitar cita en una consulta de psicoterapia.

Consecuencias de la mentira patológica.

El sujeto que miente de forma compulsiva se enfrenta a la pérdida de confianza de las personas que están a su alrededor. Si esto se vuelve una costumbre, las consecuencias pueden manifestarse de cualquiera de las siguientes formas:

  • Problemas familiares
  • Pérdida de amistades
  • Pérdida del empleo
  • Aislamiento social
  • Ruptura amorosa

Las personas pueden llegar a dejar pasar un par de mentiras, pero cuando se dan cuenta de que están al lado de alguien que miente todo el tiempo, sienten que se ha sobrepasado un límite y entonces eligen distanciarse de la persona en quien ya no pueden confiar.

De este modo, un mitómano no tardará en encontrarse solo y en verse abandonado por las personas queridas. Como se puede ver, la mitomanía no es un problema menor, sino que puede ser la causa de que un sujeto termine viviendo como un ermitaño.

¿Cómo se trata la mitomanía?

Cuando un mentiroso patológico aparece en nuestra consulta, generalmente obligado por sus familiares, como ya hemos dicho anteriormente, debemos preguntarnos qué es lo que impulsa a esa persona a mentir. ¿Por qué motivo ese individuo siente la necesidad compulsiva de inventarse una vida ficticia? La respuesta inicial es obvia: Se inventa una nueva vida porque la suya propia le parece muy pobre y decepcionante.

Detrás de un mitómano se esconde una persona con muy baja autoestima. Es tan poco lo que se quiere a sí misma y tan pobre la imagen que de sí tiene, que tiende a observar la vida de los demás para agregarle detalles y hacerla propia. El célebre psiquiatra K. Schneider cuando habla de los mitómanos, se refiere a ellos como “psicópatas necesitados de estimación”.

La historia que nos cuenta un mitómano no es escogida al azar, sino que se trata de algo que le hubiera gustado vivir. No obstante, debido a que se cree incapaz de generar las situaciones que hagan posible esa realidad, la hace suya a través de la imaginación y la materializa por medio de sus palabras.

Puesto que hemos definido a la mitomanía como un síntoma, que con frecuencia aparece en el contexto de un trastorno de la personalidad, los esfuerzos terapéuticos irán encaminados a tratar el trastorno de base. Esto requiere en ocasiones un abordaje en una doble vertiente farmacológica y psicoterapéutica.

El mentiroso compulsivo se crea una vida ficticia

(6) – El mentiroso compulsivo se crea una vida ficticia

Psicoterapia.

Consolidar un vínculo terapéutico con estos pacientes es muy complicado, pues además del hecho de ir a terapia obligados, necesitan fabular sobre el poder omnipotente del psicólogo. En la medida que la terapia no produce resultados asombrosos, se cansan, se desilusionan y tienden a abandonar el tratamiento. (Schneider, K. 1980).

Por lo tanto, y pese a los pobres resultados, el tratamiento de la mitomanía no se enfoca en evitar la mentira, sino en fortalecer la autoestima y las habilidades sociales para que la persona se sepa capaz de construir su propia realidad. Una vez que se da cuenta que puede lograr sus metas y elaborar la realidad con la que siempre soñó, la necesidad de mentir irá desapareciendo hasta formar parte del pasado.

 

Referencias bibliográficas.

  • Casas Rivera,R; Zamarro Arranz,L: La mitomanía en la clínica actual. A propósito de un caso. Revista AEN. 2011. Enlace.
  • Schneider, K.: Las personalidades psicopáticas. Ediciones Morata. Octava edición. Págs. 146-157. Enlace.
  • Ferrero Álvarez, T.; Pérez Ramírez, L: Pseudología fantástica o Mitomanía. 2013. Enlace.
  • Burgin, C., et Feillaro, J.: “Histoire sans nom”. A propos de la Mythomanie. Evol. Psychiat., janu-mars, 1986. 51, núm. 1.
  • Feldman, R.: “Cuando mentimos”. ISBN 10: 8479537612

 

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