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¿Qué es el amor? – El enamoramiento.

No hay ninguna experiencia vital que produzca tantos cambios en la personalidad como el enamoramiento. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que cuando nos enamoramos nuestra vida se transforma por completo.

La persona amada se convierte en la más perfecta. No hay ninguna imagen que capte nuestra atención más que la suya. No existe voz alguna que nos parezca tan hermosa como la suya. La persona amada se convierte en el centro de nuestro universo. A su lado todas las demás personas se difuminan. Todo lo que no sea ella, pierde interés para nosotros. Utilizando un símil de física, podríamos decir que la persona amada es como un agujero negro que atrapa nuestra atención y nos absorbe irremediablemente.

Pero, ¿realmente podemos afirmar que la persona amada se ha convertido en extraordinaria, por el mero hecho de enamorarnos de ella?

Creo que la respuesta es un NO rotundo. La persona amada sigue siendo la misma. Somos nosotros los que hemos sufrido un cambio extraordinario durante el proceso del enamoramiento. El amor nos ha alterado los sentidos.

El amor es una revolución inesperada

El amor es una revolución que cambia la personalidad de los enamorados.

La percepción de la persona amada.

Si nos preguntaran sobre la persona a la que amamos, nuestra respuesta sería más que evidente: es única y extraordinaria. Si nos pidieran una descripción de su persona y de sus gestos más cotidianos verían su singularidad.

Una idealización desmedida.

Sus palabras suenan en nuestros oídos como música celestial, aunque hable de las cosas más simples o triviales. Cuando sonríe, una sensación de felicidad nos invade. No podemos suponer mayor dicha que estar a su lado y gozar de su maravillosa sonrisa. Cuando se dirige hacia nosotros, camina con una gracia y ligereza que más bien parece flotar en el aire. Nos quedamos embobados viéndola comer o beber.

Acciones tan vulgares como lavarse los dientes o peinarse nos parecen actos únicos e irrepetibles. Si ya hablamos de sus besos o de sus caricias, nos quedamos sin palabras. Nuestro cuerpo experimenta una descarga de placer cuando sus labios rozan los nuestros. Un roce de la yema de sus dedos sobre nuestra piel nos lleva al paroxismo y al éxtasis. El ser amado nos conmociona, altera nuestros sentidos. Hace que perdamos la noción de nuestra existencia. Nos llena por completo y para nosotros sólo existe ese ser amado.

La varita mágica del amor.

Ahora bien, si nos abstraemos de la experiencia del enamoramiento, nosotros sabemos por pura lógica y sentido común, que no existe una persona tan extraordinaria. Nadie es capaz de acumular tantos dones y virtudes. Las personas tienen sus defectos y la persona a la que amamos no es una excepción.

¿Qué es lo que sucede en realidad? Seguramente esa persona que nos ha robado el corazón es una persona de lo más normal. Puede que sea guapa, simpática o inteligente. Tal vez sea cariñosa o apasionada. Pero con toda seguridad es un ser humano normal y corriente. Y esa persona no ha sido objeto de una transformación. No ha sido tocada por una varita mágica al enamorarnos y se ha convertido en el ser más extraordinario.  Más bien, deberíamos decir que hemos sido nosotros los que hemos sido golpeados por la varita mágica.

Nuestra percepción del mundo externo ha sufrido un cambio radical. Todo cambia a nuestro alrededor en la medida en que la persona amada nos dice lo que piensa. Ayer algo que nos era indiferente, hoy cobra un significado especial porque ella ha dicho que eso es hermoso. Hoy la música que nos horripilaba nos parece un coro de arcángeles porque es su música favorita.

Se dice con frecuencia que el amor es ciego porque altera nuestras percepciones. Nosotros somos los ciegos, y al enamorarnos recuperamos una clarividencia que teníamos perdida. El amor nos hace disfrutar de la hermosura de la vida. Nos potencia los sentidos y nos hacer valorar a los que nos rodean. El amor nos devuelve la vista.

Podríamos resumir estas sensaciones diciendo que no nos enamoramos cuando encontramos a una persona increíble y fantástica. Nos enamoramos de una persona normal y al hacerlo alcanzamos una percepción extraordinaria de esa persona.

El amor altera la percepción del enamorado.

El amor nos da una percepción extraordinaria del ser amado.

La entrega hacia el ser amado.

Hemos dicho que el amor transforma nuestra percepción, pero éste no es el único cambio que sufrimos en nuestra personalidad cuando vivimos la experiencia del enamoramiento. Otro aspecto importante que conlleva el amor es el deseo de entrega y de sacrificio hacia nuestra media naranja.

El deseo de ser aceptados.

Al enamorarnos, aceptamos que nada de lo que tenemos es suficientemente bueno o suficientemente hermoso para nuestro ser querido. Tratamos de sacar lo mejor de nosotros mismos para complacerle, para agradarle. Nos esforzamos para no ser objeto de su rechazo. Si antes éramos un poco perezosos con nuestra higiene, ahora pasamos horas en el cuarto de baño acicalándonos para estar presentables. Las chicas se pondrán ese perfume que tanto le gusta a él. Los muchachos se peinarán o se pondrán la ropa que saben que a ella le gusta.

Ante la inminencia de una cita en casa, el miedo se apodera de nosotros. Nos parece que la casa no está lo suficientemente limpia, ni la ropa está ordenada. Repasamos una y otra vez el vestuario, la música seleccionada, el menú de la cena o las bebidas para la última copa. Perdemos nuestra seguridad y pensamos que nada va a salir bien. El ser amado es tan perfecto, que parece que nada de lo que hagamos será suficiente para conseguir su aprobación.

La anulación de nuestra personalidad.

Pero lo más curioso de este comportamiento es que en muchas ocasiones, esas cosas que nos preocupan y nos quitan el sueño, hace dos días, antes de enamorarnos no nos importaban nada. Nos daba igual la comida, la limpieza, la bebida, la música o el desorden. Sin embargo, el amor ha anulado nuestra personalidad. Nuestros gustos ya no existen. Sólo importan las apetencias y caprichos del ser amado. En este aspecto todas las personas enamoradas se comportan igual. Tanto los hombres como las mujeres actúan igual ante el fenómeno del amor: solamente piensan en la felicidad de la otra persona. Curiosamente, en la medida en que consiguen esa felicidad del ser amado, aumenta su propia felicidad.

La felicidad del ser amado aumenta la propia felicidad.

La felicidad de la persona amada aumenta la propia felicidad del sujeto.

La posesión de la persona amada.

Hasta donde hemos visto hasta ahora, el enamoramiento es un ejercicio de entrega total, carente de egoísmo. Pero ¿realmente esto es así? En cierto modo sí, puesto que es evidente que hacemos muchos sacrificios para contentar al otro. Pero no hay que ser demasiado ingenuo. Toda esta entrega y dedicación va encaminada a conseguir nuestra felicidad, a través de la felicidad del otro, por supuesto, pero siempre buscando nuestra felicidad final. Queremos que la persona amada sea feliz. Deseamos que se sienta cercana y próxima a nosotros, para que nos necesite, para que esté más unida y en última instancia para conseguir su posesión.

Pero esta forma de actuar es lógica y normal. Al enamorarnos de una persona, ésta llena nuestro vacío, colma nuestras necesidades, da sentido a nuestra existencia. Por lo tanto, no nos podemos permitir el lujo de perderla. Si se va, se lleva nuestra felicidad. En consecuencia, todos nuestros actos y nuestras iniciativas irán encaminadas a retener al ser amado. Buscamos su felicidad, pero también su posesión, para asegurarnos que no se irá.

¿Por qué nos enamoramos?

Los estudiosos del amor, no acaban de ponerse de acuerdo sobre el motivo que nos impulsa a enamorarnos.

La búsqueda de lo que nos falta.

Para algunos expertos el individuo que se enamora está buscando todo aquello que le falta, quiere enriquecer su personalidad, buscar el complemento de su personalidad.

No parece tan sencillo, pues según esta teoría sería suficiente con querer conseguir el amor, para lograrlo, pues a fin de cuentas estamos rodeados de millones de personas y seguro que encontraríamos alguien con las afinidades que buscamos.

La realidad nos dice que nos enamoramos, cuando menos lo pensamos. El que busca el amor como un objetivo consciente sufre numerosas decepciones y puede llegar a sentirse cansado en su búsqueda y a menudo frustrado.

Una insatisfacción inconsciente.

Hay otros autores que sostienen una teoría más novedosa y atractiva: La predisposición a enamorarse y el hecho final de enamorarse vendría condicionado por el inconsciente. Dicho en otras palabras: la persona que está contenta con lo que tiene y con lo que hace tendría serias dificultades para enamorarse.

La condición básica para enamorarse, sería la insatisfacción inconsciente. Este sentimiento inconfesado de falta de satisfacción con nuestra existencia, nos originaría una falta de autoestima, la sensación de tener una vida monótona y sin alicientes. En el caso más extremo sentiríamos que no valemos nada, no merece la pena nuestra existencia, que no podemos hacer nada que resulte de interés.

Existe una fase en la vida de cada persona, en la que estos sentimientos afloran y se magnifican. Esto sucede en la adolescencia, donde los jóvenes no pisan terreno firme y están desorientados. Los adolescentes no tienen una personalidad definida. Se debaten entre la etapa infantil, en la que eran los reyes de la casa, y la etapa de adulto donde aspiran a conseguirlo todo. El adolescente busca todo y no tiene nada que perder. Esto le puede llevar a adoptar conductas de alto riesgo, como el alcohol las drogas o la conducción temeraria de vehículos. Ahora bien, no hay una época más fértil para el nacimiento del amor que la adolescencia.

Podríamos resumir esta teoría diciendo que en la medida en la que estamos más descontentos con nuestra forma de vida y nos sentimos más vacíos, estaríamos más inclinados a encontrar un amor que llene por completo ese vacío existencial.

La adolescencia es la edad más fértil para el enamoramiento.

La adolescencia es la edad más fértil para el enamoramiento

El amor: El triunfo de la revolución.

Para el enamorado el amor es un soplo de aire fresco. Es un torbellino que barre las inhibiciones, que borra los temores y difumina las inseguridades. Con el amor nos hacemos más firmes y decididos. También nos volvemos más impulsivos y a veces podemos caer en la extravagancia.

El amor nos hace cambiar, los sujetos tímidos se vuelven decididos y lanzados. Los duros dejan ver su lado más romántico. Las personas obsesionadas con su trabajo se vuelven alocadas y empiezan a desatender sus obligaciones. Los comodones y caseros están deseando salir, viajar, ir a espectáculos y divertirse. Por el contrario, los que antes nunca paraban en sus casas, empiezan a valorar la intimidad. El amor es una revolución que afecta a todos, no de igual manera, pero supone un cambio importante de la personalidad del enamorado.

Cambio en los gustos y en las aficiones.

Los cambios que la revolución del amor produce, no se limitan a las actitudes. También afecta a los gustos y a las aficiones. No es raro encontrar hombres que se vuelcan con entusiasmo desmedido en la gastronomía, cuando antes no habían puesto un pie en la cocina. Mujeres que se hacen fanáticas del equipo de fútbol de su amado, cuando antes detestaban cualquier deporte. Los cambios afectan a la moda, la forma de vestir, la música y el cine. Nada escapa al terremoto que acompaña la llegada del amor.

El amor se traduce en “un subidón” que nos induce a probar y a cambiar todas las cosas. Nos da valor y coraje, energías renovadas para afrontar nuevos retos. En definitiva, el amor produce en el enamorado una auténtica revolución personal. Los gustos personales desaparecen y solamente persiste aquello que nos acerca a la persona amada.

El amor es un soplo de aire fresco para los enamorados.

El amor es un soplo de aire fresco para los enamorados

La cara triste del amor.

Por desgracia la revolución del amor también tiene su cara amarga. El enamorado, incluso cuando es correspondido, se vuelve una persona más vulnerable y sensible. Sufre ante los más mínimos gestos de su amado, que puede interpretar como desprecios o desamores. Valga como ejemplo, un hecho tan trivial como este: olvidar un beso de despedida, puede ser objeto de muy distintas valoraciones, pero todas ellas igual de trágicas.

La situación es mucho más desesperada cuando el enamorado no es correspondido. Entonces cae presa de la melancolía y el abatimiento. La tristeza es su seña de identidad. En muchas ocasiones la pena da paso al rencor y a la agresividad hacia la persona, antes amada. Pero entonces, basta un mínimo gesto de afecto, a veces imaginario, para que se renueven las esperanzas y empiece de nuevo un largo sufrimiento.

El enamorado es incapaz de salir de ese bucle de masoquismo Se alternan tristeza, desamor, rabia y furia, para luego, volver una y otra vez a albergar esperanzas. El enamorado es incapaz de aprender de los errores. Se obstina en seguir amando, a pesar de saberse rechazado. Sólo el paso del tiempo irá mitigando su dolor. Poco a poco volverá al estado previo al enamoramiento y recuperará sus señas de identidad, que creía perdidas. Sin darse apenas cuenta, estará preparado de nuevo para iniciar esa tempestuosa revolución que es el enamoramiento.

La cara triste del amor - El amor no correspondido

El amor no correspondido es la cara triste y amarga del amor.

El amor efímero.

La misma naturaleza del amor, que conlleva un febril estado de cambios emocionales, implica que esta situación no puede perpetuarse en el tiempo indefinidamente. No se puede vivir de forma permanente en un constante cambio de hábitos, emociones y costumbres.

Tras los cambios frenéticos y el éxtasis del enamoramiento, la revolución va decayendo. Poco a poco se tiende a buscar un equilibrio. Aunque la pareja enamorada quiera congelar el paso del tiempo para gozar eternamente del fogonazo del amor naciente, saben sobradamente que ello no es posible.

El fin de los fuegos artificiales.

Sin darse cuenta apenas, empezarán a desarrollar hábitos y nuevas costumbres. Lo que antes era exaltación empieza a convertirse en rituales. Durante un tiempo esta nueva forma de vida seguirá aportando novedad a cada miembro de la pareja, pero poco a poco se irá instalando la rutina y un buen día se darán cuenta de que los fuegos artificiales de su enamoramiento han terminado.

En ocasiones lo que queda es un sentimiento de amor más complejo y profundo, que los destellos iniciales. La pareja puede ser capaz de vivir juntos en un ambiente de tranquilidad, donde reina la paz y el muto entendimiento. Otras veces, por el contrario, el final de la revolución se convierte en un tormento para la pareja. El vacío o los reproches se interponen entre ellos, su vida se vuelve desgraciada y al final la relación se rompe. Que la estabilidad entre ambos se mantenga o que surja una ruptura dolorosa dependerá de cómo la pareja es capaz de luchar y adaptarse a la nueva situación.

Si los dos reman en el mismo sentido, su inicial “enamoramiento” habrá dado paso a un amor adulto, más calmado, pero también más duradero, menos apasionado, pero más maduro.

Amor adulto y maduro

El enamoramiento da paso a un amor adulto y más maduro.

Referencias bibliográficas.

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