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La adolescencia: Rivalidad y rebeldía.

La rivalidad y el resentimiento entre padres e hijos, empiezan muchas veces cuando el niño es muy pequeño. Pero, normalmente, hace falta una crisis familiar para que salgan a la superficie. La intensidad de los sentimientos en juego puede revelarse como una verdadera sorpresa.

La rivalidad y el resentimiento entre padres e hijos puede ser uno de los problemas más difíciles con los que tienen que enfrentarse muchas familias.  La mayor parte del tiempo, esas emociones están profundamente enterradas dentro de las relaciones familiares.  Es raro que ninguna de las dos partes se dé cuenta de lo que son realmente, y con frecuencia se expresan en estallidos de comportamiento fuertemente emotivos alternando con periodos de mal humor, sobre todo durante la adolescencia. Y normalmente, sólo surgen cuando, o bien en el seno de la familia o bien en uno de sus miembros, se produce una crisis grave. Entonces, el odio, la amargura y los celos expresados pueden constituir una sorpresa para todos los afectados.

Intolerancia en la adolescencia

Sentimientos naturales durante la adolescencia.

Tanto los padres como los hijos tienen que aprender a adaptarse a sus papeles respectivos. Los hijos deben crecer y asumir las responsabilidades de ser adultos, y por su parte, los padres deben aprender a no ser posesivos, aceptando que, antes o después, sus hijos querrán irse de casa y emprender su propia vida. Muchas veces, durante este doble proceso de maduración es cuando se revela más claramente el resentimiento de los hijos hacia sus padres y su forma de vivir. Durante este período, los hijos van adquiriendo una capacidad cada vez mayor de formular juicios razonados que pueden no coincidir necesariamente con sus anteriores sentimientos, más automáticos e instintivos de amor y dependencia, haciéndoles sentirse un poco estúpidos por no haber sabido ver antes el lado más humano y frágil de sus padres.

La forma que adopte la crisis dependerá en gran parte de las circunstancias específicas de la familia. Un padre puede mostrarse impaciente con sus hijos por no ser capaces de comprender cosas que él ve claramente. De hecho, lo más probable es que esté inconscientemente celoso, al ver como sus hijos crecen y recordando su propia juventud perdida. Esta idea de unos sentimientos reprimidos de rivalidad entre padres e hijos constituye muchas veces el núcleo de numerosas crisis familiares. Los hijos pueden, por ejemplo, experimentar resentimiento ante los privilegios de sus padres adultos, y están impacientes por conseguir, también ellos, esos privilegios. De ahí que ambas partes, padres e hijos, puedan verse, consciente o inconscientemente, como rivales en un sentido u otro.

Como ocurre con otras complejas emociones humanas, no es posible encontrar una sola causa para explicar esos sentimientos de rivalidad y competencia. Existen una multitud de razones que van desde las actitudes y costumbres sociales generales, hasta problemas específicos de cada familia.

Rebeldia en la adolescencia

La rivalidad sexual entre padres e hijos.

La rivalidad juega un gran papel en la evolución de la relación entre padres e hijos. Los primeros sonríen divertidos ante las primeras expresiones de rivalidad  sexual por parte de los hijos pequeños. Si un niño dice: “Me gustaría que papá se fuese para casarme con mamá”, normalmente se considera que ha dicho una gracia que se contará a los amigos, igualmente divertidos y admirados. Pero lo que el niño puede estar realmente expresando es: “Siento celos de mi padre porque mi madre le quiere, se muestra cariñosa con él, y eso interfiere con su amor hacia mí”.

Muchos padres descubren que su hijo preadolescente puede mantener esta actitud, intentando entrometerse o interrumpirles  cuando expresan abiertamente atracción o afecto físico el uno por el otro. Cuando ocurra esto, deberá abordarse el tema suavemente, pero con firmeza. Por un lado, conviene reconocer la necesidad que tiene el niño de seguridad, pero por el otro, se le debe hacer comprender que también sus padres tienen derecho a expresar abiertamente sus sentimientos en el seno de la familia.

Competencia entre padres e hijos.

Algunas veces, la rivalidad sexual existente entre los hijos y sus padres, puede estallar en forma de una competencia manifiesta. Normalmente se expresa en un intento por parte del hijo o la hija de demostrar que ama al padre o a la madre más que su “rival”. Una chica puede intentar parecer más bella y deseable que su madre; un chico puede desafiar a su padre a pruebas de fuerza, o también puede ayudar más a la madre en las tareas domésticas y estar más tiempo con ella, intentando demostrar así que puede ser un mejor compañero masculino que su padre.

Este tipo de competencia no debería fomentarse nunca, ya que, si no se resuelve  dentro de la propia familia, puede extenderse a determinadas áreas de la vida social. El niño puede terminar adoptando una actitud competitiva hacia la gente en general, especialmente hacia los de su mismo sexo, esforzándose por demostrar en todo momento su poder físico, sexual o social. Y cuando el niño empiece a separarse por fin de la familia, los sentimientos de culpabilidad, por lo estúpido de su comportamiento, pueden llegar a limitarle emocionalmente.

Enfrentamiento madre hija

Los hijos y el abismo generacional.

La otra causa fundamental de rivalidad entre padres e hijos consiste simplemente en la diferencia de edad. Muchos hijos se muestran inicialmente celosos por el simple hecho de que sus padres se conocieran antes de nacer ellos.

Y para muchos niños resulta un “shock” comprobar que nunca lograrán “alcanzar” a sus progenitores. Al principio pueden sentir envidia pensando que sus padres tendrán siempre más experiencia que ellos. No obstante, durante la adolescencia, al comprender que sus padres morirán antes que ellos, puede transformar sus sentimientos de rivalidad en otros de tristeza, ante el hecho cierto de que no van a vivir siempre.

Muchos hijos pueden experimentar un profundo resentimiento ante la ventaja de edad de sus padres, pues desde su punto de vista, les proporciona toda clase de privilegios, desde acostarse tarde, a elegir los programas de televisión, pasando por disponer de su propio dinero y poder salir y divertirse sin ningún tipo de restricción.

Este resentimiento tendrá más probabilidades de hacerse evidente durante la adolescencia, período en el que los hijos se sentirán especialmente inseguros acerca de su identidad, pues se encuentran a medio camino entre la niñez y la condición de adultos. En este periodo han perdido ya las alegrías de la infancia, tales como una seguridad absoluta y la falta de responsabilidad, pero sus padres todavía no les consideran aptos para participar en la vida adulta.

La sexualidad es el área en el que más amargamente pueden experimentarse resentimientos. La búsqueda a ciegas de conocimientos sexuales por parte del adolescente puede provocar resentimientos ante las relajadas actitudes de sus padres frente al sexo.

Junto con los otros muchos problemas de la adolescencia, ésta puede ser muy bien la causa de tempestuosas discusiones o peleas entre padres e hijos, o de “un encerrarse en sí mismo”  y un permanente mal humor por parte del adolescente que intenta reconciliarse con su proceso de maduración. Los Padres deben intentar reaccionar con simpatía, ofreciendo sus consejos cuando se les pida; aunque, por lo general, durante esta época es cuando los hijos reaccionan peor ante cualquier indicio de interferencia en sus vidas o relaciones. Puede resultar duro para los padres, pero no tienen más remedio que aprender a transigir y, algunas veces, a mantenerse pasivos y limitarse a contemplar el proceso evolutivo de sus hijos, interviniendo sólo en caso de que sea absolutamente necesario. Puede servir de ayuda sentarse todos juntos y discutir los problemas tranquilamente, sobre todo si los padres intentan recordar cómo fue su propia adolescencia y cuáles eran sus sentimientos durante dicho periodo.

El abismo generacional en la adolescencia

Los padres y el abismo generacional.

Por otro lado, los padres pueden sentir también celos de sus hijos cuando estos empiezan a mostrar señales de estar llegando a la condición de adultos. Resulta fácil amar a un niño pequeño e indefenso, pero no ocurre lo mismo con un susceptible  “semi-adulto”, especialmente cuando se convierte para sus padres en un recuerdo de su propia “juventud perdida”.

El reconocimiento por parte de los padres de que su hijo o hija está adquiriendo consciencia de su propia sexualidad, y de que le quedan muchos años de gozo y plenitud por delante, puede muchas veces suscitar en ellos profundos sentimientos de envidia y celos. Los padres de hoy en día pueden experimentarlos todavía más intensamente que los de otros tiempos, pues los adolescentes actuales están mucho mejor informados acerca del sexo y tienen mayores probabilidades de experimentar abiertamente con él.

Los padres pueden reaccionar, por tanto, con lo que al hijo o hija les parecerá casi inevitablemente como un anticuado comportamiento:  intentar  imponer restricciones a sus salidas y exigir saber con quién sale. Por supuesto, en muchos casos, los adolescentes no son todavía capaces de adoptar decisiones razonables y prudentes acerca del sexo y necesitan algún tipo de protección. Pero los padres deben tener un gran cuidado de que, debajo de sus restricciones y advertencias, no se oculten sentimientos de envidia y celos ante el hecho de que sus hijos estén haciendo lo que ellos no pudieron hacer nunca, y que todavía les gustaría probar si no estuvieran casados, llenos de responsabilidades y “ya demasiados viejos”.

Oportunidades perdidas.

Aparte de la rivalidad sexual, la principal razón por la que los padres pueden mostrarse competitivos hacia sus hijos consiste en que se lamentan de las oportunidades perdidas en su propia vida. Se pueden sentir especialmente amargados si creen que, debido a los hijos, no han podido lograr algunas de las cosas que ambicionaban en la vida.

Adolescencia rivalidad temporal

Esta es una situación lamentable, pero no cabe responsabilizar a los hijos de decisiones adoptadas por sus padres en el pasado, ni tampoco esperar que satisfagan las ambiciones frustradas de éstos, tales como hacerse médicos, abogados, etc.. Cuanto más felices sean los padres en sus propias vidas y más realizados y apreciados se sientan, menores serán las probabilidades de que sometan a sus hijos a presiones exageradas y  fuera de lugar.

Muchos padres, y especialmente madres, sienten celos si creen que sus hijos o hijas son más atractivos que ellos o que han tenido mayores oportunidades educativas de las que ellos tuvieron. Estos celos pueden deberse, en buena parte, al temor de que, si el hijo o hija triunfan en la vida, puedan alejarse de sus padres e incluso llegar a despreciarlos.

Al llegar a este punto es importante recordar que los padres deben darse cuenta de la inevitabilidad de que, antes o después, sus hijos se vayan de casa. Pero sólo despreciarán la falta de logros o éxitos de sus padres, si estos mismos se sienten insatisfechos o consideran que no han sabido sacar el máximo partido a sus vidas.

Si está compitiendo constantemente con alguien, le resultará difícil apreciar sus cualidades o sentir la menor simpatía hacia la persona en cuestión. La rivalidad entre padres e hijos puede destrozar la felicidad de la vida familiar y envenenar las relaciones de todos los afectados.

Como la capacidad para mantener unas relaciones felices con los demás, nace y se desarrolla en el seno de la familia, es esencial hacer frente a esta rivalidad  tan pronto como se presente y no permitir que llegue a convertirse en amargura o resentimiento.

 

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Adolescencia: Rivalidad y rebeldía
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Gerardo Castaño Recuero trabaja como psicólogo y psicoterapeuta en "Nuestro Psicólogo en Madrid". Ha estudiado Psicología en la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid y también ha cursado dos Máster, uno sobre Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica y otro sobre TFE: Terapia Focalizada en las Emociones.

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