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Actividades extraescolares.

En el momento en el que se inicia un nuevo curso escolar, los padres y los hijos se tienen que adaptar a la nueva agenda que presumiblemente tendrán a lo largo de todo el año. Esta situación supone todo un dolor de cabeza para las familias. Por lo general, la gran mayoría se decanta por apuntar a sus hijos a actividades extraescolares.

Existen dos razones principales para optar por esta decisión. La primera es que los niños estén ocupados (esto dependerá de las necesidades que tenga cada entorno familiar, así como de sus posibilidades). La segunda es que algunos padres consideran muy beneficioso el hecho de que los niños asistan a ellas. Buscan así, mejorar su capacidad creativa o intelectual o también, que puedan practicar un deporte que les ayude a desarrollar su estado físico y deportivo.

En nuestro país se calcula que el número de jóvenes (de edades comprendidas entre los 6 y los 16 años), que realiza algún tipo de actividad extraescolar es de 9 de cada 10. Más del 50%, incluso, desarrolla dos actividades o más al mismo tiempo de manera semanal.

De entre las más destacadas, los deportes se consolidan como la opción preferida (72.8%). En segunda posición tenemos a los idiomas (28.4%). Le siguen artes como la música o la danza (24.9%). Detrás van dibujo, pintura o informática (22.3% y 21.2% respectivamente).

¿Pero hasta qué punto es interesante someter a nuestros hijos a esta carga? En las siguientes líneas lo vamos a desvelar.

Hijos felices o hijos perfectos

Sobrecarga de actividades para conseguir hijos triunfadores.

Los expertos aseguran que el problema en sí, no es el hecho de hacer algún tipo de actividad extraescolar. De hecho pueden ser beneficiosas, si no les quita todo el tiempo libre y no suponen un esfuerzo intensivo. El verdadero problema es el enfoque que se les da a las mismas.

Horario inadecuado.

El problema real que se debería de atajar es el horario que tienen los padres, las caóticas situaciones económicas por las que están pasando algunos hogares, la falta de ayudas por parte del Gobierno (por ejemplo, no permitiendo solicitar excedencias durante los primeros años de sus hijos), así como otros problemas relacionados.

La conclusión del estudio del problema siempre llega al mismo punto: existe un momento y un lugar para hacer cada cosa. Los expertos determinan que si se quiere que un niño aprenda, debe de hacerlo jugando. En el momento en el que se sobrecarga al niño, se le somete a un gran estrés. Esta ansiedad infantil, más que conseguir facilitar el aprendizaje, lo que logra es exactamente el efecto contrario.

Debido a la situación por la que ha atravesado y está atravesando nuestro país, sobre todo relacionada con problemas económicos, cada vez son más los niños los que pasan más horas sin que esté un adulto pendiente de ellos.

Mercado laboral competitivo.

 Además, vivimos en una sociedad muy competitiva. Cada día luchamos activamente por ser los mejores. Por ejemplo, el hecho de conseguir un trabajo se ha convertido en toda una odisea hoy en día. Existen muy pocos puestos y con la solicitud de requisitos muy elevados para poder optar a los mismos. Con todo este panorama, los padres ven la necesidad de que sus hijos sean los mejores. Piensan que las actividades extraescolares pueden ser la solución. Y puede que así sea, pero siempre y cuando se controlen.

Los expertos también alertan sobre la importancia del juego. Los padres no deberían pensar que cuando el niño juega está perdiendo el tiempo. El juego y los amigos forman parte de un importante proceso evolutivo de su mente. Al decidir una determinada actividad extraescolar, ésta debe ser del agrado del niño.  Así le llamará la atención desde el primer momento y aprenderá jugando.

niña aprendiendo ingles

Padres muy exigentes.

Cada vez está más de moda hablar de los “padres helicópteros”. Se denomina así a los padres excesivamente controladores, que continuamente están vigilando las actividades de sus hijos. Estos padres sobrevuelan, figuradamente, por encima de sus hijos atentos a cualquier indicio que les pueda alejar de sus obligaciones planificadas meticulosamente.

Son padres muy exigentes y controladores que empiezan a planificar la vida de su hijo, antes de que haya nacido. Le diseñan un itinerario complejo que habrá de llevarles al éxito social y profesional. Todo se planifica en función del triunfo, aunque para ello sea necesario sacrificar la felicidad del niño. No importa que pierda sus horas de juego o que deje de reunirse con sus amigos. ¡Qué tontería! ¡Qué pérdida de tiempo pasar horas jugando!

Para estos padres el lema es “El que algo quiere algo le cuesta”. En estos casos el precio suele ser bastante caro. El niño además de su agenda escolar, tiene una larga serie de actividades extraescolares. Éstas, no van encarriladas a su diversión precisamente, sino a asegurar su éxito escolar que será el preludio del éxito académico, laboral y social.

Si el hijo no se rebela contra estas imposiciones se habrá convertido en un “triunfador” a costa de haber renunciado a su infancia, a sus amigos y al juego. No es descabellado pensar que todas estas renuncias le afectarán tarde o temprano en su salud mental.

Ahora bien, ¿Qué buscan estos padres? ¿Buscan el éxito o la felicidad de sus hijos? ¿O acaso están tratando de compensar sus frustraciones y hacer realidad sus fantasías a través de sus hijos.

Hijos de padres triunfadores.

No es raro encontrar padres que han conseguido triunfar en sus respectivos terrenos laborales, artísticos o deportivos, intentar por todos los medios que sus hijos perpetúen sus logros y mantengan una dinastía que consolide su imperio económico, o la saga artística familiar o bien brillen en los deportes como lo hacía su padre.

Todos conocemos casos de niños, que se sienten agobiados ante esta presión, tremenda que recae sobre ellos: hijos de famosos cirujanos, acaudalados empresarios, célebres cantantes o aclamados deportistas. En muchas ocasiones estos niños no pueden con la carga de exigencia y simplemente se niegan a intentarlo. Es tanta la responsabilidad y tan alto el listón que heredan, que directamente toman otro camino, en contra de los dictámenes paternos, originando serias discusiones.

niños jugando al futbol

Hijos de padres fracasados.

La otra cara de la moneda la presentan muchos padres, aparentemente normales, pero que guardan una honda frustración. Son padres que fracasaron en algo que para ellos tenía mucha importancia. Ahora ven en sus hijos una oportunidad para enmendar su fracaso.

Así vemos a padres, cuya carrera futbolística quedó frustrada, apuntar a sus hijos a equipos de alevines de fútbol. Estos padres viven “en plural” los éxitos de su niño. Hoy “jugamos contra el Leganés”. “Ayer metimos cinco goles”.

Mientras el niño disfrute del juego o del deporte impuesto, la situación no tiene peligro. Lo malo es cuando el niño se cansa y el padre le exige que siga. “No vamos a abandonar ahora, después de tantos sacrificios como hemos hecho”. Otra vez el plural.

Cada año, son cientos los niños que se estrellan en las pruebas selectivas  de los grandes equipos, Real Madrid o Barcelona, en su intento de entrar en las categorías juveniles. Algunos lo vivirán con normalidad e incluso con satisfacción por quitarse un peso de encima.

Para muchos otros puede ser una cruel decepción, por haber interiorizado las exigencias paternas, por haber asumido unos sueños excesivos y verse ahora con su autoestima por los suelos. He puesto el ejemplo de los niños futbolistas, quizás por ser el más numeroso, pero esto mismo es aplicable a músicos, abogados, médicos etc.

El niño debe vivir su vida, crear sus metas, sus aspiraciones y sus sueños. Es importante  fijarse objetivos realistas. Los padres deben disfrutar jugando con él. Deben estimularlo para ser autónomo y responsable. Deben respetar sus gustos, y no crearle expectativas sin fundamento, que sólo puede llevar a amargas decepciones.

Niños jugando felices

Niños muy exigentes.

No podemos olvidar en ningún momento, que los hijos vienen con una carga genética importante. No es raro oír comentar a algún padre, que sus hijos son completamente diferentes, a pesar de haber recibido la misma educación.

Exceso de competitividad.

Algunos niños, bien porque sus genes les predisponen a ello, o porque han vivido en un ambiente de gran exigencia en sus hogares, se plantean metas muy altas, a veces demasiado. Son niños que se obsesionan con las notas en el colegio. Para ellos lo importante no es aprobar o sacar buenas notas. Lo importante es ser el mejor. Todos  conocemos a algún chaval que llega a casa medio llorando porque ha sacado un nueve, pero otro chico de su clase ha sacado un diez. Para ellos lo importante es el triunfo, es ser el número uno. Son niños que no tienen compañeros en clase, tienen rivales, a veces, incluso, enemigos.

Es misión de los padres, ante la aparición de estos signos de competitividad, intentar moldear el carácter del niño. Debe enseñarle a valorar su trabajo y sus éxitos, a no compararse con los demás. Deben enseñarle a ver en sus compañeros de clase a sus amigos no a sus rivales. Deben favorecer su autoestima, alabar su trabajo, no hacer descalificaciones globales cuando fracasa.

El niño debe saber que sus padres valoran su esfuerzo y que para ellos siempre será el mejor. Si esta actitud competitiva se mantiene y perpetúa en el tiempo, tarde o temprano acabará encontrando a alguien que será mejor que él y ese puede ser el comienzo de un largo y penoso sufrimiento.

Bobby Fischer.

Un célebre comentarista, dijo una vez en referencia al célebre jugador de ajedrez Bobby Fischer, que existían tres clases de jugadores, los que jugaban por pasar el rato y les daba igual ganar o perder, los que jugaban por ganar y se enfadaban si perdían, y luego estaba otro grupo muy selecto, en el que incluía al joven genio norteamericano. Es último grupo era el formado por los “killer”. Estos eran jugadores que no sólo buscan la victoria, sino la humillación y aniquilación del oponente. Cada partida era una demostración brutal de fuerza que “destrozaba” al rival. Este grupo de jugadores tienen una gran debilidad psicológica. Cuando pierden una partida, lo viven como el escorpión que se clava su propio aguijón al verse acorralado. Para ellos una derrota es algo devastador, no sólo a nivel de juego sino a nivel psicológico.

Es tarea de los padres, evitar que los hijos, que muestran síntomas de exceso de competitividad, encaucen sanamente su agresividad, para evitar que se conviertan en un “killer” pues de lo contrario, acabarán dando con un competidor superior a ellos, que les hará clavarse el aguijón y les destrozará psicológicamente.

 

Bobby Fischer

 

¿Cómo elegir la opción más adecuada para nuestros hijos?

Estudio de intereses y de temperamento.

Como ya hemos visto, muchos padres eligen las actividades para poder cuadrar su agenda, seleccionando aquellas que, por horario, les pueden venir mejor. Sin embargo, los expertos indican que es muy importante que sean los propios niños los que decidan entre una gran variedad de oferta disponible.

De la misma manera que nosotros elegimos lo que hacer en nuestros momentos de ocio, estamos hablando de momentos de relax para ellos, por lo que las actividades se deben de adecuar a sus necesidades.

Asimismo, también se debe de evaluar el temperamento. Podemos encontrar niños situados en ambos extremos: por un lado tenemos aquellos que son muy activos y tranquilos, mientras que otros parecen tener energía infinita y nunca paran.

Considerando que no existen dos niños iguales, habrá que elegir el tipo de actividad que mejor le convenga.

Por ejemplo, si estamos pensando en apuntar a nuestro hijo a clases de teatro porque nosotros lo hicimos cuando éramos pequeños, es posible que la experiencia pinte como fantástica desde el primer momento, pero que a él no le guste y prefiera hacer otra cosa finalmente.

¡Cuidado con la sobresaturación!

La sobresaturación, el estrés y la ansiedad nunca han sido buenas compañeras para hacer nada, especialmente cuando estamos tratando con niños. Como hacemos los adultos, los niños también necesitan descansar de su jornada lectiva y diaria. Necesitan tener tiempo para pasar con sus amigos, para poder hacer tranquilamente los deberes, para hablar con sus padres o, incluso, hasta para poder aburrirse (existen algunos estudios que aseguran que el simple hecho de aburrirse puede ser muy positivo para la evolución de su mente, ya que les ayuda a ser mucho más creativos).

Es por ello, por lo que se recomienda que, por lo menos, tengan un par de días sin ningún tipo de actividad extraescolar.

No obligarles.

Nuestro objetivo debe de ser intentar encontrar un punto intermedio entre animarle a seguir adelante con la actividad y determinar cuando no vale la pena que siga asistiendo a la misma. La mejor estrategia en este punto es llevarlo a dar alguna que otra clase durante unos días; no tenemos que tirar la toalla a la primera de cambio, pero tampoco es cuestión de llevarlo obligado continuamente.

Deberíamos intentar encontrar la mejor manera para motivarles a seguir con la experiencia; si no les termina de convencer, siempre podemos probar con otra.

Niño jugando al tenis

Especial atención a los síntomas.

Si nuestro hijo está muy agobiado con una agenda estresante, muy probablemente antes de que nos diga algo, se manifestarán una serie de síntomas que deberíamos de evaluar. Por ejemplo, en el caso de que veamos que presenta algunos síntomas como cansancio, nerviosismo o decaimiento, alteraciones del sueño, probablemente esto sea el indicativo que nos está diciendo que el niño no puede con todo, ya que son síntomas claros de estrés infantil.

Ante cualquier duda, deberíamos relajar la agenda que lleva. Si los síntomas persisten sería bueno, que el niño fuera evaluado por un psicólogo en Madrid (o en tu ciudad) por si acaso estamos hablando de otro tipo de trastorno. Si los sintomas se cronifican pueden alterar profundamente la vida del niño y desembocar en un trastorno depresivo.

Elegir el lugar adecuado.

También es muy importante que conozcamos el lugar a dónde vamos a llevar a nuestros hijos. Básicamente tenemos tres opciones: o bien decantarnos por las actividades extraescolares que pueden realizar en la propia escuela en la que estudian (fuera de horario), bien la opción que ofertan los ayuntamientos, o bien algunos centros privados.

Antes de hacer la matrícula para que puedan participar en una de estas actividades, te recomendamos que vayas a conocer a la persona que se encarga de gestionarlo todo; también deberías de investigar si realmente está capacitada para hacer las actividades, así como el planteamiento psicológico que se quiere conseguir con la actividad.

Todos estos detalles son clave a la hora de decantarnos por una o por otra actividad extraescolar.

Aprendizaje + diversión.

¡Si! queremos que nuestros hijos aprendan, pero no se nos debe de olvidar que tienen que disfrutar al mismo tiempo. Las actividades extraescolares que cursan deben de motivarles, se tienen que sentir a gusto con ellas y tener la sensación de que están progresando. Así podrán experimentar la sensación de logro que les permitirá enfrentarse a los retos que se les presenta de cara al futuro.

También conviene entender que son nuestros hijos quienes verdaderamente van a hacer la actividad, no somos nosotros. Debemos olvidarnos de aquellos viejos proyectos que nunca conseguimos hacer realidad y pensar que es su vida.

Niños jugando en la arena

¿Actividades extraescolares de refuerzo?

Lo cierto es que los niños ya pasan muchas horas en el colegio y cuando llegan a casa seguramente tendrán muchos deberes que hacer. Los expertos no recomiendan seguir estas actividades de refuerzo a no ser que sea completamente necesario.

Como conclusión, tanto los padres como los profesores deberían de hacer un esfuerzo para conseguir mejorar la agenda de los jóvenes, racionalizar los contenidos y lograr que tengan un tiempo para el juego, para el descanso, incluso hasta para poder aburrirse.

Recuerda que una excesiva responsabilidad puede disminuir la autoestima de los hijos,  si no logran los objetivos que les hemos impuesto.

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¿Hijos felices o hijos perfectos?
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Gerardo Castaño Recuero trabaja como psicólogo y psicoterapeuta en "Nuestro Psicólogo en Madrid". Ha estudiado Psicología en la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid y también ha cursado dos Máster, uno sobre Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica y otro sobre TFE: Terapia Focalizada en las Emociones.