Desde que el ser humano tiene conciencia, ha buscado formas de controlar su destino. Las supersticiones no son un invento moderno ni una rareza; son parte del ADN cultural de casi todas las civilizaciones. Cruzamos los dedos, evitamos pasar por debajo de una escalera o sentimos un escalofrío al romper un espejo o cruzarnos con un gato negro. Estas pequeñas acciones son intentos desesperados de nuestra mente por poner orden en el caos.
¿Qué son los cuadros de los “Niños Llorones”?
Pero a veces, las supersticiones dejan de ser una simple costumbre inofensiva y se transforman en una histeria colectiva capaz de movilizar a todo un país. Eso fue exactamente lo que ocurrió en Reino Unido en los años 80 con una simple lámina decorativa que colgaba en miles de salones: los famosos cuadros de los «Niños Llorones».
Para quienes no vivieron aquella época, es difícil imaginar la omnipresencia de estas imágenes. Se trataba de una colección de láminas de producción masiva, que reproducían una colección de cuadros de un pintor llamado Bruno Amadio. Estas reproducciones arrasaron en ventas entre los años 60 y 80.
Los cuadros representaban a niños y niñas de corta edad, de facciones angelicales, pero con una característica inconfundible: ojos grandes, brillantes y anegados en enormes lágrimas que rodaban por sus mejillas. Era una estética particular, a medio camino entre la ternura y el dramatismo kitsch, que inexplicablemente decoraba las paredes de millones de hogares de clase trabajadora.
¿Cómo es posible que estos cuadros, pensados para evocar compasión, llegaran a ser considerados objetos malditos capaces de incendiar casas? Para entenderlo, primero debemos comprender qué función cumplen las supersticiones en nuestra mente.
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¿Por qué existen las supersticiones?
Antes de entrar en el misterio y las supersticiones de los cuadro, es importante entender el terreno fértil donde crece el miedo. La psicología define las supersticiones como una creencia irracional que establece una relación causal entre un suceso (ver un gato negro) y un resultado (tener mala suerte), sin que exista ninguna conexión lógica o física entre ambos.
El origen de las supersticiones está muy enlazado al pensamiento mágico, que es la tendencia a enlazar hechos que ocurren simultáneamente como si uno causara al otro, aunque no haya una conexión real.
Un sencillo ejemplo de pensamiento mágico: si “hoy me pasó algo bueno” y “llevaba puesta esta pulsera”, es tentador creer que la pulsera me protege. Por eso prosperan los rituales cotidianos (tocar madera, soplar las velas “pidiendo algo”, evitar el número 13): dan una sensación de control inmediato.
Este estilo de razonamiento es muy común y, en la mayoría de casos, inofensivo. Se vuelve problemático cuando desplaza la toma de decisiones importantes (por ejemplo, ignorar las medidas de seguridad porque “esta imagen protege la casa”).
A pesar de vivir en la era de la ciencia, las supersticiones siguen muy vivas. ¿Por qué?
- La necesidad de control: La incertidumbre nos genera ansiedad. Creer que «tocar madera» evita una desgracia nos da una falsa pero reconfortante sensación de tranquilidad y poder sobre el futuro.
- El coste del error: Evolutivamente, es «más barato» creer en una falsa alarma (huir de un arbusto que se mueve por el viento pensando que es un león) que ignorar un peligro real. Nuestro cerebro está diseñado para ser un poquito paranoico cuando se trata de supervivencia («Mejor pasarse que quedarse corto»)
Sin embargo, lo que ocurrió con los cuadros de los niños llorones no fue una simple superstición individual. Fue un fenómeno de contagio social.
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Las supersticiones que rodearon los cuadros
La leyenda urbana tiene una fecha de nacimiento exacta. El 4 de septiembre de 1985, el tabloide británico The Sun publicó una noticia con un titular incendiario: «La ardiente maldición del niño que llora».
La historia relataba la tragedia de Ron y May Hall, una pareja de Yorkshire, en el norte de Inglaterra, cuya casa fue devorada por un terrible incendio. El fuego convirtió la vivienda en cenizas, pero en medio de la desolación, un objeto quedó inquietantemente intacto en la pared ennegrecida: era una de esas láminas del «niño llorando». El cuadro no tenía ni una marca de quemadura.
Lo que convirtió esta anécdota en leyenda fue la declaración de un bombero citado en el artículo. Afirmaba que él y sus compañeros encontraban a menudo estos cuadros intactos en las ruinas humeantes de otras casas. Aquella frase fue la gasolina que el pánico necesitaba para propagarse.
The Sun comenzó a recibir miles de cartas de lectores que asociaban sus propias desgracias con el cuadro, llegando a organizar quemas masivas de los cuadros en las calles.
En el caso de los “Niños Llorones”, el pensamiento mágico se manifestaba en la secuencia incendio–cuadro intacto que invitaba a hacer una lectura rápida: dos hechos juntos parecen una causa, cuando lo más probable es que sea una coincidencia.
*** Referencias bibliográficas: [9] [7] [6]
El pintor maldito: Bruno Amadio
Como toda buena historia de terror, la superstición necesitaba un villano. Y aquí entra la figura de Bruno Amadio, el pintor veneciano (conocido bajo el pseudónimo de Giovanni Bragolin) autor de la serie original.
De los hechos ciertos conocidos, cabe destacar que estudió Bellas Artes y se hizo pintor, desarrollando un estilo propio, que no podría encuadrarse en ninguna corriente artística de la época.
Cuando estalló el conflicto de la segunda guerra mundial, fue llamado a filas, y pudo comprobar con sus propios ojos los horrores de la guerra, siendo testigo de las aldeas italianas arrasadas por los combates, las mujeres viudas y los niños huérfanos. Estas imágenes calaron profundamente en su interior y más tarde serían su fuente de inspiración.
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Viaje a España y estancia en Sevilla.
Al acabar la guerra, huyó a España y se quedó a vivir en Sevilla, donde se hizo llamar Giovanni Bragolin. Aquí comenzó a dibujar su colección de cuadros de “Niños llorones” que gozó de una cierta reputación y se empezó a distribuir en miles de copias de papel que se vendieron por todo el mundo en las siguientes décadas.
El tema de la colección es recurrente: niños y niñas de grandes ojos, con aspecto triste y gruesas lágrimas que les caen por las mejillas.
Para justificar la supuesta maldición de los cuadros de los niños llorones, la imaginación popular tejió una biografía oscura alrededor del artista:
- El pacto con el diablo: Se decía que Amadio, frustrado por su nulo éxito como artista, había invocado a Satán para conseguir fama, y que los cuadros eran el resultado de ese trato.
- El orfanato: Otra versión de la leyenda aseguraba que el pintor utilizaba como modelos a niños de un orfanato que posteriormente murieron en un incendio, quedando sus almas atrapadas en el lienzo.
- El maltrato: Los rumores más crueles decían que el pintor aterrorizaba a los niños para provocarles el llanto y captar su angustia real.
La leyenda se volvió tan sofisticada que incluso se decía que, si girabas el cuadro 90 grados, podías ver una figura monstruosa devorando al niño. Esta era una prueba irrefutable para los supersticiosos, pero que la psicología explica fácilmente mediante la pareidolia (nuestra capacidad cerebral para encontrar formas reconocibles en patrones aleatorios, como por ejemplo las nubes).
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Los cuadros malditos: empiezan las supersticiones
Al poco tiempo, empezaron los primeros sucesos extraños. La casa del dueño de uno de los cuadros de “El niño que llora” fue devorada por un incendio y lo único que se salvó de las llamas fue el retrato íntegro del niño.
Otros propietarios del cuadro relataron sucesos extraños, decían oír lamentos por las noches, que provenían de la sala donde tenían colgado el cuadro. En otras casas, el cuadro se caía repetidamente de las paredes, como si se negara a quedar sujeto a la pared y pugnara por huir.
Con la publicación del artículo sensacionalista de «The Sun» en 1985, las supersticiones sobre los cuadros se hicieron de dominio público y la gente se deshacía de ellos para librarse de la maldición.
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¿De verdad “no se quemaban”? El final de la leyenda
Siento ser yo quien rompa la magia, pero la explicación real de por qué los cuadros no se quemaban es decepcionantemente lógica. Años después de la tremenda histeria colectiva, unas investigaciones forenses llevadas a cabo por la BBC, demostraron que no había ningún pacto con el diablo.
El secreto estaba en la fabricación:
- El material: Las láminas estaban impresas en un tablero de fibra de alta densidad, difícil de prender fuego.
- El «escudo» invisible: Lo más importante es que estaban recubiertas de un barniz ignífugo de la época, que actuaba como protector y que, accidentalmente, actuaba como retardante del fuego.
- La física del incendio: Al quemarse la cuerda que los sujetaba, los cuadros solían caer boca abajo al suelo. Allí, protegidos por el barniz y por la falta de oxígeno a ras de suelo, sobrevivían chamuscados pero reconocibles, mientras el resto de la habitación ardía.
Además, había una razón estadística: se vendieron millones de copias de estos cuadros. Por pura probabilidad, si había un incendio en una casa británica de clase media en los 80, era casi seguro que hubiera un «Niño Llorón» dentro.
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¿Por qué preferimos creer en maldiciones y supersticiones?
Aquí es donde entra la verdadera lección psicológica. Si la explicación del barniz era tan sencilla, ¿por qué nadie quiso escucharla en su momento? ¿Por qué, quizá, sientes una pequeña decepción al leer el final de la leyenda?
La respuesta está en cómo funciona nuestra mente:
- Sesgo de confirmación: Los bomberos y los lectores solo recordaban los cuadros que sobrevivían (el «milagro»), ignorando los miles de cuadros que se quemaron y se convirtieron en ceniza irreconocible. Solo contamos los aciertos de la leyenda.
- Aversión al azar: Aceptar que una casa se puede quemar por un accidente aleatorio es aterrador. Sin embargo, creer que se quema «por una maldición» nos da una falsa seguridad: si tiro el cuadro, estoy a salvo.
Las supersticiones actúan como un ansiolítico. Nos cuentan una historia donde hay causas y consecuencias. La química del barniz ignífugo es aburrida y no nos protege emocionalmente; la historia del pintor maldito, aunque de miedo, nos da una sensación de control.
Al final, la leyenda de los Niños Llorones nos enseña más sobre nosotros mismos que sobre lo paranormal. Nos demuestra que, ante el miedo y la incertidumbre, el cerebro humano siempre preferirá creer en un fantasma antes que aceptar la fría estadística.
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FAQ sobre supersticiones
¿Qué son los cuadros de los “Niños Llorones” y por qué se hicieron famosos?
Son reproducciones muy populares de retratos, pintados por Bruno Amadio, de niños con lágrimas, difundidas en Europa en los 70–80. En 1985 algunos medios los vincularon a incendios domésticos, lo que disparó su fama y creo muchas supersticiones.
¿Es cierto que estos cuadros no se quemaban en los incendios?
No hay nada paranormal en estos cuadros, solamente son supersticiones. Algunas copias podían resistir parcialmente el fuego por usar materiales y barnices ignífugos, que protegían la pintura mientras ardían el marco y la pared.
¿Existe evidencia de una “maldición” sobre los cuadros de los niños llorones?
No. Los casos «malditos» atribuidos a la pintura son solamente supersticiones, que se explican mejor por coincidencias, relatos incompletos y cobertura sensacionalista; no por un efecto sobrenatural.
¿Por qué prosperan las supersticiones?
Porque las supersticiones aportan sensación de control y nos sirven como una protección en situaciones de incertidumbre o miedo.
Bibliografía
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- Zarrelli, N. (2017). A painting of a crying boy was blamed for a series of fires in the ’80s. Atlas Obscura. Disponible en: https://www.atlasobscura.com/articles/crying-boy-painting-fires
Galería de imágenes
Todas las imágenes utilizadas en este artículo han sido creadas con inteligencia artificial (IA). Los cuadros son recreaciones mediante IA de la iconografía de Bruno Amadio.
Gerardo Castaño Recio está licenciado en Medicina y Cirugía, especializado en Medicina de Familia y Comunitaria. Colegiado nº 45/03187-1.
Estudió Psicoanálisis en el Centro Peña Retama de Madrid. Aficionado a la informática se ha dedicado a la programación sobre inteligencia artificial.
Ha sido campeón de España de programas de ajedrez y 4º clasificado en el campeonato del mundo en París. Autor del programa Salud 2000 para la gestión integral de consultas de Atención Primaria.
En la actualidad, desempeña tareas de asesoramiento médico y escribe artículos en el Blog de Nuestro Psicólogo en Madrid.
Aficionado a la historia y la literatura.
