setTimeout("ga('send','event','Ajuste de Tasa de Rebote','Mas de 30 segundos de permanencia')",30000); Juana I de Castilla (Juana la Loca) reina de España ¿Loca o prisionera?
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Juana La Loca.

Pocos personajes históricos han levantado tantas pasiones como la Reina Juana I de Castilla. Fue hija de los Reyes Católicos y pasaría a la historia con el triste apodo de Juana “La Loca”. La Reina Juana pasó los últimos años de su vida, casi medio siglo, encerrada en el castillo de Tordesillas. El cautiverio de Juana fue impuesto por voluntad de su padre, primero, y de su hijo, después, alegando locura e incapacidad para gobernar.

El Romanticismo, en el siglo XIX, encontró en el personaje de Juana un auténtico filón. Tanto la literatura como la pintura, se nutrieron de la pasión amorosa de Juana por su esposo Felipe el Hermoso, de sus celos desmedidos y de su necrofilia que nunca se ha podido constatar históricamente.

Para algunos autores, la reina Juana estaba Loca, para otros estaba endemoniada y necesitaba un exorcismo para liberar los demonios que se albergaban en su cuerpo. Otros investigadores apuntan a una conspiración, para alejarla del trono de Castilla. Esta trama política habría utilizado la inestabilidad emocional de Juana, como pretexto para propagar los rumores sobre su locura, inhabilitarla para su cargo y encerrarla de por vida.

Juana I de Castilla nació en Toledo en 1479

El Alcázar de Toledo

Toledo, 1479. Nacimiento de Juana.

Las campanas tañían alegremente el 6 de Noviembre de 1479 en la ciudad de Toledo. La reina Isabel I de Castilla, más conocida como Isabel La Católica, acababa de dar a luz a una niña, la tercera de sus hijos. El rey Fernando II de Aragón la puso el nombre de Juana, en honor a su padre, Juan II El Grande, fallecido en Enero de ese mismo año.

Los carros tirados por bueyes, subían lentamente por la cuesta de las Armas hacia el mercado de Zocodover. Los toledanos, que abarrotaban la plaza ese frío día de otoño, levantaban la vista hacia la impresionante mole del Alcázar, donde se alojaba la Corte Real.

A pocos metros del Arco de la Sangre, en una tabernucha de mala muerte, una vieja gitana echadora de cartas, alborotaba a la clientela. Con voz grave y cavernosa anunciaba que “la recién nacida será reina, pero no reinará. Será madre de reyes y de reinas pero morirá en soledad”. Pocos debieron creer a la vieja, pues Juana era la tercera en la línea sucesoria, después de su hermano Juan, nacido un año antes, y su hermana mayor Isabel, de 9 años de edad.

En el verano de 1482, cuando Juana tenía 3 años, nació su hermana María y unos años más tarde, en 1485, su hermana Catalina. La niña Juana vivió una infancia agradable rodeada por sus hermanos. Recibió una educación estricta y sólida que la había de preparar para una futura boda con algún príncipe europeo.

La educación de Juana.

Juana y sus hermanos contaron para su educación con prestigiosas figuras, como Beatriz Galindo, más conocida por el apodo de “La Latina”. Ésta era hija del secretario de la reina Isabel y fue una destacada escritora y humanista. Actuó como preceptora de los príncipes. Siempre fue tenida en gran estima por Isabel La Católica, por sus sabios y prudentes consejos.

Los infantes gozaron de la presencia de otro gran personaje, el siciliano Lucio Marineo Sículo. Este famoso historiador y profesor de griego y latín, había venido desde su tierra natal a la corte castellana. Fue capellán y cronista del Rey Fernando.

En aquella época la educación que recibían las princesas, que no estaban destinadas a gobernar, consistía en una sólida formación religiosa, donde primaba la obediencia a los padres, los buenos modales, el arte ecuestre, la afición a la lectura, la música y la danza, así como conocimientos de latín y griego.

La reina madre intentó inculcar en Juana la pasión religiosa, que ella sentía, contando con la ayuda del fraile dominico Andrés de Miranda. Todo parece indicar que ni la madre ni el dominico tuvieron éxito en su empeño, pues la niña Juana a sus seis años de edad mostraba bastante desapego por los temas religiosos y por los ritos católicos. Esta falta de devoción mortificaba a la reina Isabel, que se sentía avergonzada y trataba de mantener en secreto el escaso fervor religioso de su hija.

Retrato de Juana la Loca

 Juana la Loca por Juan de Flandes (Kunsthistoriches Museum)

Arévalo. La abuela loca.

La vida de los infantes discurría sin sobresaltos, en una corte itinerante que alternaba periodos de tiempo entre los reales alcázares de Toledo y de Segovia. Ocasionalmente, los niños viajaban con la reina Isabel, al castillo de Arévalo. Allí vivía su abuela materna, Isabel de Portugal, recluida y totalmente enajenada.

Isabel de Portugal se había casado con el rey Juan II de Castilla. Con él tuvo dos hijos, Alfonso e Isabel. A la muerte de Juan II, subió al trono su hijastro Enrique, fruto de un primer matrimonio. Según las crónicas de la época, la reina se volvió loca de dolor. Enrique recluyó a su madrastra y a sus hermanos en el castillo de Arévalo.

En los años que vivió en Arévalo, junto a su hermano Alfonso, la joven Isabel fue testigo de los ataques de locura de su madre. Ésta vagaba por el castillo como un alma en pena, dando gritos aterradores invocando el nombre, no de su esposo fallecido, sino del condestable Don Álvaro de Luna, que había sido decapitado por orden del rey, y en cuya muerte ella debió jugar un importante papel.

En posteriores visitas al castillo, acompañada de sus hijos, hemos de suponer el fuerte impacto emocional, que supondría para los infantes, la visión de su abuela loca, gritando el nombre de Don Álvaro.

Poco podía suponer Juana, el cruel paralelismo con su abuela loca, que le deparaba el destino. Años más tarde, sería ella la que estaría encerrada en el castillo de Tordesillas, bajo la acusación por parte de su padre, el rey Fernando, de estar loca y ser incapaz de dirigir los destinos del reino de Castilla.

Alianzas matrimoniales. Viaje a Flandes.

Los Reyes Católicos habían diseñado una inteligente política matrimonial para sus hijos. El fin último de esta estrategia era aislar a su enemigo el rey de Francia de posibles aliados. Con este objetivo se acordó la boda entre el archiduque Felipe, hijo del Emperador Maximiliano de Habsburgo y la princesa Juana. Al mismo tiempo se fijaba la boda entre el príncipe Juan, heredero de los Reyes Católicos y la princesa Margarita de Austria, hija del Emperador.

Una impresionante flota naval partió del puerto de Laredo, en el verano de 1496, con dirección a Flandes. La reina Isabel pasó la última noche, antes de la partida, con su hija en una de las naves. Su padre, Fernando de Aragón, no acudió a despedirla. Juana era una chiquilla, que aún no había cumplido los diecisiete años.

El viaje fue largo y accidentado, perdiendo una de las naves donde iban todos los vestidos de Juana. Para colmo, su prometido no acudió a recibirla a su llegada.

Aunque Felipe de Habsburgo, era un joven apuesto que habría recibir el apodo de “El Hermoso” por el rey de Francia, todos los cronistas coinciden en que la verdaderamente hermosa era su prometida Juana.

Cuando finalmente se conocieron, el amor a primera vista surgió entre ellos. Ese mismo día se casaron de forma extraoficial, para poder dar rienda suelta a su pasión.

Comenzaba así una de las historias de amor y celos más turbulentas de la historia. Poco después, se casaron oficialmente. Juana se instaló en una Corte que le era completamente ajena y dónde se sentía como una extraña.

Felipe El Hermoso - Juan de Flandes

Felipe El Hermoso – Retrato de Juan de Flandes

Pasión, infidelidad y celos.

El Archiduque Felipe, pronto empezó a mostrar signos de falta de interés por Juana, que se había quedado embarazada. Juana descubrió con dolor y sorpresa, que en la voluptuosa corte de Borgoña, no faltaban oportunidades a su esposo para engañarla con damas y sirvientas.

La infidelidad conyugal no era algo nuevo para Juana. Ella misma había visto con sus propios ojos, a su madre criticar con dureza las infidelidades de su padre, el rey Fernando. Había heredado de su madre la desconfianza hacia la fidelidad del esposo. Esta desconfianza estaba totalmente justificada tanto en el caso de su madre como en el suyo propio, pues tanto su padre como su esposo eran proclives a continuas aventuras amorosas.

Los arrebatos de ira y celos empezaron a ser conocidos en la corte de Flandes. Las infidelidades de Felipe se sucedían una tras otra, despertando los celos de su esposa, las reprimendas del archiduque, las peleas, los periodos de mutuo enfado y las apasionadas reconciliaciones.

Los hijos de Juana.

Fruto de esta tortuosa historia de amor y celos nacieron, primero Leonor (1948) y posteriormente, Carlos (1500). Cuentan las crónicas que el nacimiento de su primogénito se produjo en los lavabos del palacio de Gante, durante una fiesta a la que Juana se empeñó en acudir en avanzado estado de gestación, por no fiarse de su esposo. Un año más tarde, en el verano de 1501 nació otra hija. Juana la puso por nombre Isabel, en honor a su madre.

Dejando de lado los arrebatos de ira y los ataques de celos, totalmente justificados por la frívola actitud de Felipe, los informes que llegaban a España sobre Juana, no dejaban lugar a la menor duda sobre su excelente salud. El Obispo de Córdoba mandó una misiva a los Reyes Católicos, donde les comunicaba que Juana “era tenida por muy cuerda y muy asentada”.

La infanta Juana de Castilla - Retrato del Maestro de Affligem Joseph Sequence

Juana de Castilla – Maestro de Affligem Joseph Sequence

Muerte de la reina Isabel.

Lo que la reina Isabel no podía esperar, era el extraño comportamiento de Juana, que como señal de protesta, por no ser atendida, pasó toda una noche de invierno a la intemperie en el patio de armas del castillo de La Mota, descalza y sin ropas de abrigo. Ante esta actitud irreductible, que ponía en peligro su vida, Isabel escuchó a su hija y la dejó marchar a Flandes.

Este episodio amargó los últimos días de la reina, que padecía fuertes dolores abdominales, causados por un cáncer de útero en fase muy avanzada.

Tras la marcha de Juana, se produjo una clara divergencia entre madre e hija, hasta el punto de que en su último testamento, la reina dejó una nota donde decía que si su hija no quería o no podía atender los asuntos del gobierno, sería su padre, el rey Fernando, el que ejercería el papel de regente. Unos meses más tarde, en noviembre de 1504 muere Isabel la Católica.

Mientras, en Bruselas, Juana protagoniza otro sonado escándalo en la corte, al tratar de cortas el pelo y marcar la cara con unas tijeras a una amante de su marido. Felipe se plantea recluir a Juana, pero las noticias sobre la muerte de Isabel le llevan a ser más diplomático para conseguir el trono de Castilla. 

Lucha por el trono.

En la catedral de Santa Gúdula, en Bruselas, Felipe celebra un funeral por la reina muerta y trata de proclamarse rey, ante la sorpresa de Juana, que no sospechaba los deseos de su esposo para hacerse con la corona de Castilla.

Felipe El Hermoso- Retrato del maestro de Affligem Joseph Sequence

Felipe El Hermoso – Maestro de Affligem Joseph Sequence

Estando aún en Bruselas, Felipe empieza a tejer alianzas con los nobles castellanos, enemistándose con su suegro. Éste último, gobernaba Castilla, alegando la incapacidad de Juana para dirigir el reino. El enfrentamiento entre Felipe y Fernando llega a tal punto, que ambas partes deciden firmar la concordia de Salamanca en 1505. En este acuerdo se reparten el poder entre Juana, Felipe y Fernando.

Juana da a luz ese mismo año a su quinto hijo, una niña a la que llaman María. Felipe estaba deseoso de volver a España para hacerse con el trono y en 1506 inicia, junto a su esposa,  un accidentado viaje por mar, donde pierde por el temporal parte de su flota. Finalmente llegan a La Coruña y se dirigen al encuentro de Fernando, ganando por el camino la lealtad de la mayor parte de la nobleza.

Fernando, reconoce su derrota y firma la concordia de Villafáfila, donde renuncia a Castilla y se retira a Aragón a cambio de prebendas económicas. Pocos días después de la firma se produjo otra incidente. Juana paseaba a caballo por los jardines del Conde de Benavente, cuando de pronto, sin motivo aparente, salió corriendo a galope en su caballo y fue a encerrarse en la granja de una campesina. Ni Felipe el Hermoso, ni sus soldados alemanes ni los nobles castellanos que cercaban la casa, consiguieron convencerla para salir.

Felipe I, rey de Castilla.

Las Cortes de Castilla, reunidas en Valladolid, nombran rey de Castilla a Felipe el Hermoso. Su reinado es efímero, pues en septiembre de ese mismo año muere de forma misteriosa en Burgos, tras disputar un partido de pelota con un capitán vizcaíno y beber durante el partido una jarra de agua helada. 

Aunque mucho se ha especulado, sobre un posible envenenamiento, parece ser que la causa más probable de la muerte, fue un brote de peste, que ese mismo año, asolaría la península Ibérica.

La Demencia de Doña Juana

La demencia de Doña Juana – Lorenzo Vallés (Museo del Prado)

El mito de Juana la Loca.

Con la muerte de Felipe el Hermoso, Castilla se queda sin rey. Juana está embarazada de su sexto hijo y a la vez desolada por la muerte de su marido. Sólo piensa en trasladar el cadáver de Felipe a la cripta familiar en la catedral de Granada. Todos dan por hecho que es incapaz de gobernar en ese estado.

Su heredero, el joven Carlos, de seis años de edad se encontraba en Flandes. Fernando ve una ocasión propicia, para hacerse con el poder y mientras planea su regreso a la corte castellana, nombra al Cardenal Cisneros gobernador provisional.

Según relata el escritor Pedro Mártir de Anglería, Juana ordenó en la cartuja de Burgos, abrir el ataúd y exponer los restos del cadáver de su esposo. Tras obligar a los presentes a contemplar tan macabra escena, se subió el féretro a una carreta y se inició una larga peregrinación hacia Granada.

En diciembre del año 1506, en pleno invierno, Juana encabeza un séquito de frailes y nobles, que atraviesa la llanura castellana, transportando el cuerpo de Felipe. Una larga procesión de antorchados ilumina los caminos y siembra el terror entre los lugareños. La comitiva no llegó muy lejos, pues en la villa de Torquemada, Juana se puso de parto y tuvo a su hija Catalina.

El cautiverio en Tordesillas.

En 1509 fue recluida por su padre en el castillo de Tordesillas, donde permanecería encerrada hasta su muerte. En 1516 muere Fernando y su nieto el joven Carlos es coronado como Carlos I de España.

Aunque la reina Juana nunca fue desposeída de su título de reina y su nombre aparecía en los edictos reales, su hijo se encargó de que nunca gobernara y permaneciera en su encierro ajena a los acontecimientos políticos. En el momento de su reclusión, Juana tenía 30 años de edad y era madre de seis hijos.

Juana estuvo acompañada durante su encierro por su hija Catalina, hasta 1925 en que ésta se casó con Juan III de Portugal.

Durante el cautiverio en el castillo de Tordesillas, la reina Juana sufrió un trato vejatorio, físico y psicológico, por parte de los guardianes, en especial por el duque de Denia, que mostró especial dureza a la hora de tratar a la reina y a su hija.

Estatua de Juana I de Castilla en Tordesillas

Estatua de Juana I de Castilla en Tordesillas

Juan de Padilla y Juan Bravo.

Los nobles castellanos, Juan de Padilla y Juan Bravo, encabezaron en 1920 un levantamiento de las villas castellanas contra el reinado de Carlos. La ciudad de Tordesillas fue tomada por los comuneros, que asaltaron el castillo y exigieron hablar con la reina a la que reconocían como su única soberana. Los nobles castellanos quedaron impresionados, pues esperaban encontrar a una mujer enajenada y sin embargo encontraron a una mujer cuerda, aunque desorientada y confundida, por no haber sido informada ni siquiera de la muerte de su padre Fernando.

Los comuneros deseaban mostrar al pueblo de Castilla que la reina no estaba loca. Necesitaban obtener una firma de Juana para poder refrendar sus acuerdos. Sin embargo, Juana, sabedora de que su firma podía significar el fin del reinado de su hijo Carlos, nunca firmó ningún documento.

Algún tiempo más tarde los comuneros fueron derrotados en la batalla de Villalar. Padilla, Bravo y Maldonado fueron decapitados por orden del rey Carlos. El marqués de Denia fue repuesto en su cargo de carcelero y Juana volvió a su encierro en el castillo.

San Francisco de Borja.

A partir de entonces su salud, tanto física como psíquica empeoró de forma considerable. Apenas podía moverse y su higiene era muy defectuosa. Acusaba a la familia del marqués de Denia de robar sus joyas y de estar endemoniados. En realidad, eran sus propios familiares, los que robaban las pocas joyas que aún poseía, en las contadas visitas que recibía.

Se negaba a confesar y a comulgar. En círculos religiosos empezó a correr el rumor de que podía estar endemoniada. Su nieto Felipe II, envió a un fraile jesuita a visitar a la reina. El jesuita, que años más tarde sería canonizado como San Francisco de Borja, concluyó diciendo que no existía ninguna base para tales acusaciones y que la situación de la enferma era el resultado de no haber tenido los cuidados que precisaba.

El viernes santo de 1555, murió la reina Juana a los 76 años de edad en la soledad de su cautiverio, musitando unas últimas palabras antes de expirar: “Jesucristo, crucificado, ayúdame”.

Todos sus hijos fueron reyes o reinas consortes, sin embargo, en el momento de su muerte estuvo completamente sola y a su entierro acudieron algunos escasos familiares, invitados por su hijo Carlos. El cadáver de Juana I de Castilla descansa en la catedral de Granada junto al cuerpo de su marido Felipe El Hermoso.

Tras su muerte, se destruyó toda la correspondencia existente entre los carceleros de la reina y los reyes, Fernando, Carlos e incluso su hijo Felipe II.

Carlos V en Mühlberg por Tiziano - Museo del Prado

Carlos I por Tiziano – Museo del Prado

Enfermedad de Juana.

Mucho se ha escrito sobre la naturaleza de la enfermedad de Juana. Hay versiones totalmente enfrentadas entre los que defienden su locura y los que sostienen que fue víctima de una conspiración entre su padre, Fernando, y su hijo, Carlos, para apartarla del trono.

El primer investigador, que se apuntó a la teoría de la conspiración, fue Gustav Bergenroth, en 1860, tras encontrar documentación inédita, en el archivo de Simancas, que apuntaba en esta dirección.

En 1977, el psiquiatra español Juan Antonio Vallejo-Nágera, en su obra “Locos Egregios” apuntó a una esquizofrenia paranoide como  causa de la locura de Juana. Su hija, la también psiquiatra Alejandra Vallejo-Nágera sostiene la tesis de su padre.

En el año 2000, el catedrático emérito de psiquiatría Francisco Alonso Fernández, en su obra “Historia personal de los Austrias Españoles” escribe que la enfermedad de Juana se trató de un delirio celotípico, que evolucionó hacia una esquizofrenia fantasiosa o fantasiofrenia.

Otros autores piensan que se trataba de una profunda depresión o de un trastorno depresivo. El psiquiatra Francisco Javier Torras, piensa que se trataba más bien de una psicosis esquizoafectiva, donde conviven síntomas esquizofrénicos con síntomas afectivos (depresión y manía). Otro psiquiatra, Luis Mínguez Martín, se decanta por un cuadro psicótico más que por un trastorno bipolar.

El principal problema a la hora de llegar a un diagnóstico es que debemos interpretar las descripciones de sus síntomas, realizadas por personas sin formación psiquiátrica y asignarles una significación que puede ser muy distinta de la que tenían en su época.

La historiadora Bethany Aram ha recopilado una extensa información, durante más de 10 años, consultando archivos y nuevas fuentes bibliográficas, nacionales e internacionales. Fruto de esta investigación fue la publicación de su libro: “La reina Juana. Gobierno, piedad y dinastía” publicado en 2001.

En su obra Bethany Aram, desmonta toda la leyenda romántica sobre su necrofilia. Afirma además tajantemente, al pronunciarse sobre su supuesta locura, que no existen pruebas históricas suficientes para abordar este tema.

Aram presenta una imagen de la reina Juana, como una mujer que sufrió la incomprensión de los que la rodeaban, que vivió privada de afecto, en un mundo marcado por las intrigas políticas de los varones de su familia: su padre, su marido y su hijo. Pese a todo Juana luchó en todo momento por ser una buena hija, esposa y madre, defendiendo sus derechos reales sobre las coronas de Castilla y Aragón.

En cuanto a la posible conspiración, para apartarla del poder, Aram sostiene que, al menos inicialmente,  fue el resultado de un pacto con su padre, el rey Fernando, para preservar la corona de su hijo, el emperador Carlos. Con su reclusión en Tordesillas,  Juana evito ser pretendida como esposa por los codiciosos reyes europeos.

Fernando el Católico (Ayuntamiento de Sevilla)

Fernando el Católico (Ayuntamiento de Sevilla)

Referencias Bibliográficas.

          Locos Egregios – Juan Antonio Vallejo Nágera (1997)

          Historia personal de los Austrias Españoles – Francisco Alonso Fernández (2000)

          Juana la Loca – Ludwig Pfandl (2000)

          Juana la Loca, la cautiva de Tordesillas – Manuel Fernández Alvárez (2000)

          La reina Juana. Gobierno, piedad y dinastía – Bethany Aram (2001)

          Juana I de Castilla – Wikipedia.

          Juana La Loca – National Geographics.

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Juana la Loca
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Gerardo Castaño Recuero trabaja como psicólogo y psicoterapeuta en "Nuestro Psicólogo en Madrid". Ha estudiado Psicología en la Universidad Pontificia de Comillas en Madrid y también ha cursado dos Máster, uno sobre Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica y otro sobre TFE: Terapia Focalizada en las Emociones.